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Francisco Javier Serrano __
Libro para salir a la luz del día
AUTOR: F. Javier Serrano
F. Javier Serrano nació en Madrid en 1968. Tiene una novela "colgada" en Internet titulada Umbrales y le gusta el cine, el jazz y los viajes cronopios. Libro para salir a la luz del día es su primera incursión en el mundo de la letra impresa.
TÍTULO: Libro para salir a la luz del día
Libro para salir a la luz del día es una colección de 16 relatos donde lo cotidiano se entremezcla con lo fantástico y a veces con lo surrealista. Son historias de náufragos del mundo, de seres perplejos, desubicados y casi al borde de la extinción.
LEER UN FRAGMENTO: Libro para salir a la luz del día
El cazador de besos
La vieja Estación del Sur ya no existe. En su lugar, junto a los Palos de la Frontera, hay ahora un centro social. Pero hubo un tiempo en que sí que existió y yo dejé allí parte de mi vida. Era entonces un lugar mal iluminado y sórdido, un interminable tiempo muerto, un continuo ir y venir de vidas en tránsito donde nadie se fijaba en nadie. Mucho menos en ellos, en los besos, aunque los había a cientos flotando por toda la estación. Daba gusto verlos, suspendidos heroicamente, entre el trasiego constante de vehículos, acosados por los bocinazos. Los había de todos los tipos: apresurados, azules, furtivos, de chocolate, falsos... Incluso, una vez, llegué a contemplar un beso negro oculto entre los lavabos. De entre todos ellos, los más apasionados, aquellos que se aferraban pertinazmente a las mejillas de los amantes, eran los únicos que conseguían escapar. El resto remontaba el vuelo para luego estrellarse como una paloma torpe contra los cristales de los autobuses o se quedaban incrustados entre las paredes grises.
Un día, uno de aquellos besos fue a posarse sobre mi mejilla. La falta de costumbre hizo que me sobresaltara. Pensé que habría sido el Azar quién probablemente lo había llevado hasta allí y que luego caería como los otros. Pero sucedió que no, que aquel beso extraño no se desprendía y yo, por mi parte, tampoco hacía nada por quitármelo, a pesar de que el Reglamento era bastante estricto en lo que a besos concernía. Cuando llegó la hora de limpiar el baño, me miré en un espejo y aquel rostro amojamado me pareció mucho más joven. Al terminar mi jornada pregunté a Anita, la chica de la oficina, si alguien había reclamado un beso extraviado. Me dijo que no, así que me marché a casa, llevándome una vez más la mano a la cara para comprobar que seguía allí. Imaginé cómo sería el aspecto de la mujer, pues de una mujer se debía tratar, que había lanzado ese beso persistente y quién sería el amante dichoso al que iba dirigido.
Como quería conservarlo, durante días no me lavé la cara y tampoco me duché. Incluso me hice fotos pero resultó que las películas no eran lo bastante sensibles como para registrar besos.
Transcurrido algún tiempo, aquel beso tenaz terminó desapareciendo y yo regresé a mi apatía habitual. Eso sí, no hubo un solo día en que no observara el aire con la esperanza de volver a encontrar otro. Así hasta que un buen día, de nuevo un beso vino a instalarse en mi cara, esta vez en la otra mejilla. De inmediato, reconocí su tacto inconfundible, ese modo de impactar, a medio camino entre el abandono y la nostalgia. Tuve la sensación de que esta vez el beso había ido a posarse justo sobre su destinatario. Es más, era probable que la mujer que lo había lanzado todavía estuviera en la estación. Con discreción y sin dejar de trabajar, me fijé en todas las bocas con las me crucé. Las había de labios hermosos, carnosas, de silicona, chiquitas, amohinadas, pero no aparecía la que yo buscaba. Todo resultó en vano y concluí mi jornada, más cansado que otras veces. Cuando llegué a casa aquel ósculo desafiante seguía sobre mi rostro. Me fui a la cama y procuré dormir del otro lado para no aplastarlo.
Algunos días más tarde, el beso desapareció y mi rostro recuperó su habitual aspecto mortecino. Pensé que esta vez había durado menos tiempo que el otro y la idea de que ella hubiera empezado a cansarse de mí me llenó de desolación. Al día siguiente, me desperté con una alegría impropia en mí. Recordé que cuando me topé con el segundo beso era día de cobro, el último, por tanto, del mes. Podía tratarse de una casualidad pero el primer beso también había tenido lugar en día de paga. Pensé que, quizás, mi desconocida amante fuera o viniera del Sur el último día de cada mes y que, por tanto, bastaría esperar al siguiente.
Fue así como llegó aquel 31 de mayo y yo aparecí por la estación más temprano de lo habitual. Sobre mi piel sin brillo, asomaba una mirada de esperanza apenas contenida. Algo más abajo, una corbata resaltaba sobre mi camisa blanca. En los más de treinta años que llevaba trabajando allí, jamás la había utilizado pues el Reglamento no lo exigía. Mis compañeros me miraron, sorprendidos, y se oyó alguna que otra coña. Incluso me dio la impresión de que Anita me miraba de otro modo. Pasé toda la mañana alerta, a la espera de acontecimientos, pero no ocurrió absolutamente nada. Le pedí a mi jefe si podía quedarme a trabajar también por la tarde. "Ramírez, el Reglamento dice... ". Le interrumpí asegurándole que lo haría sin cobrar ni un duro. Naturalmente, accedió a ello y pasé la tarde limpiando besos desparramados por toda la estación. Ni rastro de sus labios.
Por la noche, cuando ya me estaba cambiando de ropa, un beso vino a quedarse sobre la punta de mi nariz. Sentí alegría al comprobar que procedía de ella, pero me pareció que esta vez el beso era distinto, que no tenía la densidad de otras ocasiones. En efecto, ocurrió que, tal y como sospechaba, aquel último beso duró sobre mi rostro menos que el anterior y finalmente desapareció. Luego, se sucedieron varios días últimos de mes en los que continué buscándola en interminables jornadas dobles. Empezaba a pensar que la había perdido cuando un 30 de noviembre un beso lábil se posó sobre mi frente. Lo recuerdo bien, era mediodía y la estación estaba llena. Vi una mujer que se alejaba y cuyos labios me resultaron conocidos. Iba a decirle algo cuando se cruzó otra cuya boca también encajaba con la marca de los labios. Y luego apareció otra y otra más. Los andenes se llenaron de mujeres de bocas idénticas...
Cuando por la noche regresaba, desolado, a casa se me ocurrió una idea. Pasé por una tienda y compré un papel altamente sensible. Frente al espejo de mi cuarto de baño, coloqué con cuidado la lámina sobre mi frente y pasé la mano sobre ella. Conseguí así plasmar sobre una hoja de papel la huella de aquel amor imposible.
El siguiente fin de mes llegué a la estación en cuanto se abrieron las puertas. Dentro solo había tipos durmiendo sobre los asientos. Hombres que un día fueron a despedir a algún ser querido y que muchos años después todavía esperaban que regresasen. Empecé a pegar carteles en lugares visibles. Bajo la imagen de la boca arcana, un cartel decía: "Se busca".
Al terminar aquella tarde infructuosa, mi jefe me llamó a su despacho. Me contó en tono paternal que los tiempos cambiaban y que aquella estación desaparecería. Sus superiores habían decidido aprovechar el nuevo escenario para hacer recortes de plantilla y él había pensado precisamente en mí para que pudiera beneficiarme de las prejubilaciones. Fue así como terminaron mis días de trabajo en la antigua Estación del Sur. Algún tiempo después un equipo de demolición se encargó de echar abajo el edificio. Cuentan que, durante días, a todas horas, se vieron salir camiones cargados con toneladas de olvido y escombros de melancolía...
La nueva Estación del Sur ahora está en Méndez Alvaro. Es un edificio funcional de arquitectura moderna, acristalado y diáfano. Si hay algo que le sobra a un prejubilado es tiempo, así que doy paseos interminables por el interior. Los empleados de limpieza no dicen nada cuando me ven poniendo carteles pero luego los retiran. Otras veces, son los guardias jurados los que me despiertan entre la noche o los que me dicen que está prohibido entrar con flores en la estación. El de la cafetería me ha contado que han recubierto las paredes con una sustancia para que no se peguen los besos, pero he podido observar que el invento no funciona...
(...)
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