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  Juan Manuel Jurado   _         
                       La mujer del pintor


AUTOR: Juan Manuel Jurado

Madrileño desde 1962 y almanseño desde 1985, compatibiliza su labor profesional con su condición de Concejal del Ayuntamiento de Almansa. A sus estudios de Electrónica Industrial se añaden los de Ingeniería Informática, Filología Hispánica e Historia.

Su primera obra fue el poemario Apuntes del crecimiento (2001), al que siguieron la novela.

El sillón azul (2002), los libros de poemas Las razones de Aristóteles (2002), Cartografía de lo íntimo (2003) y La imagen de la palabra (2004) asi como los ensayos poéticos Paisajes rurales de España (2006) y Andanzas (2007). Ha recibido más de una decena de premios literarios y su obra poética y en prosa ha sido recogida en diversas antologías.

TÍTULO: La mujer del pintor

La casualidad se esconde en los cruces de los caminos. Nos espera, silenciosa y paciente, hasta que encuentra el momento idóneo para exhibirse. Entonces, todo cambia y nuestras vidas se ven obligadas a tomar el nuevo rumbo impuesto por la fortuna. Aunque ésta no siempre nos sea favorable.

Francisco de Goya se casó con Josefa en 1773. Poco después, ambos se trasladaron a Madrid, donde residía Francisco Bayeu, hermano de Josefa y, casualmente, pintor del rey Carlos III. Desde ese momento, la fama y la carrera pictórica de Goya crecieron de manera imparable.

Conrado Masdeu, tras ser acusado de provocar un desgraciado incidente, llegará hasta la casa del maestro de la pintura. Allí será testigo de cómo el artista prospera mientras Josefa, la mujer del pintor, permanece anclada en las sombras.

LEER UN FRAGMENTO: La mujer del pintor

Un suceso inesperado puede cambiar la vida de cualquiera. Nadie puede evitar ser escogido como el afortunado remate de un capricho del azar. O como su víctima. Mientras la tranquilidad nos acompaña parece haber sitio para todos en este cúmulo de caminos paralelos por los que marchamos. El problema, si es que ésta es la palabra adecuada, aparece cuando la casualidad rompe la equidistancia y, sin aparente remedio, terminamos cruzándonos con el sendero de otro. Y ahí, en la encrucijada, nos aguardan esas cosas que ocurren sin quererlas, porque no se puede querer –o aborrecer, términos que en ocasiones vienen a confundirse– aquello que no se conoce. Un momento fugaz, el punto de intersección único e irrepetible, un episodio brusco que no concede la oportunidad de meditar sobre sus consecuencias, sobre el inseguro estado de la tierra que se va a pisar en el siguiente paso.

(...)

 

 
 
 
 
 
 
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