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Juan Francisco Moreno Paniagua
                              Así me gritaba el alma

AUTOR: Juan Francisco Moreno Panigua

Desde joven escribí estudiantinas y murgas que luego cantábamos los mozos y las mozas en las plazas del pueblo. Con las propinas se compraba un cordero y una arroba de vino, y con música de acordeón bailábamos en el campo, ¡lo pasábamos bomba!

Mi vida no fue un camino de rosas. Fui a la escuela desde los seis a los ocho años, y con esta edad me fui al campo a guardar ovejas. Junto con el pan, en el zurrón llevaba un libro. Labré la tierra, domé toros que después enganché al carro, arranqué monte, hice carbón... y todas las faenas del campo.

Me siento satisfecho porque el trabajo de mi mujer y el mío dio su fruto. Tengo la gran satisfacción de haber plantado árboles, haber criado dos hijos y haber publicado un libro a la edad de ochenta y dos años.

TÍTULO: Así me gritaba el alma

LA ESPINA

–Tengo clavada una espina
y me la quiero sacar,
¡ven hermano... acércate!
Coge tus gafas divinas,
a ver si pudiera ser
que me saques esta espina
con tu bondad y tu alfiler.
Yo que nunca me pensé
que te iba a precisar,
hoy veo que me equivoqué,
¿me podrías perdonar?
– Perdonar es de cristianos
y, como cristiano soy,
ya perdonándote estoy.
¡Cómo me hiciste sufrir
con tu mal comportamiento!
Nunca lo quise decir,
no eché campanas al viento,
de lo que pasé por ti.
– Ven aquí... ¡dame un abrazo!,
se acabaron los dolores,
volvamos a ser hermanos,
sin envidias y sin rencores.

 

LEER UN FRAGMENTO: Así me gritaba el alma

LA ENVIDIA

No hay ninguna enfermedad
tan mala como la envidia;
yo les puedo asegurar
que existen muchas familias
que hasta se dejan de hablar.
Yo conocí dos hermanos
que siempre estuvieron juntos;
desde el día que partieron
empezaron los disgustos,
cosa que nunca tuvieron.
Los padres, que aún vivían,
lloraban cuando reñían;
y un día, con gran desconsuelo,
a sus hijos les decían:
–No consintáis que los vuestros
lleguen un día a partir,
hasta después que hayáis muerto.
Si yo así lo hubiese hecho,
no tendría que sufrir
discusiones y desprecios,
ni tampoco oír decir
que lo que hice está mal hecho.
La partes están bien hechas,
lo que pasa es que la envidia
pone las mentes a ciegas.
Por eso yo os suplico
que no los dejéis partir,
hasta después de haber muerto,
y no tendréis que sufrir,
esto... ¡que yo estoy sufriendo!

(...)

 

 
   
   
   
   
   
       
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