INFORMACIÓN
Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659
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Contacto: Abel de Lamo
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Rosa González Soldado nació en Valencia el 10 de mayo de 1984. Es técnica superior de Administración y Finanzas y estudiante del Grado de Periodismo.
Aficionada a la escritura, principalmente a la poesía.
Su sensibilidad hacia las letras la ha llevado a argumentar, presentar y mantener grandes galas y diferentes tipos de presentaciones durante más de diez años.
Actualmente, colabora con la Asociación Benéfica Contra el Cáncer y la Asociación Stop Accidentes, a la que vincula este libro y destina parte de su beneficio, con la intención de apoyar los programas de sensibilización social ante la importancia de los accidentes y de ayudar a los afectados y a sus familias a superarlos.
Ahora, a sus 26 años, ha decidido escribir este libro.
La noticia va haciendo camino...
http://www.20minutos.tv/video/knLWQ9lt-un-gran-ejemplo-de-superacion/0/
http://www.telecinco.es/informativos/sociedad/Rosa-atropello-coma-supera...
http://videos.laopiniondezamora.es/sociedad/20120210/ejemplo-superacion-...
http://www.cuatro.com/noticias/sociedad/Rosa-atropello-coma-superacion-l...
http://www.atlas-news.com/noticias/libre/sociedad/2012/02/10/noticia_819...
http://videos.diarioinformacion.com/sociedad/20120210/ejemplo-superacion...
Novela basada en hechos reales. Refleja el reto personal ante un trágico accidente de tráfico que partió la vida con 22 años a la autora de este libro.
Aprende a respirar, hablar, moverse, levantarse, dar los primeros pasos... Tras un largo proceso de recuperación, con la ayuda de los doctores Enrique Trull, Pilar March, Pepe Ferrer y Pedro Cavadas intenta no perder nunca la ilusión de seguir adelante.
Con su historia pretende hacer ver que todo en esta vida tiene solución. Una solución para la que quizás no siempre estemos preparados. Hemos de aprender a asimilarla y adaptarla a nosotros mismos para sentirnos más cómodos.
2. Abro los ojos
27 de octubre, viernes. 18 días después del accidente.
Absoluto silencio, calma. Mi cuerpo comienza a despertar… Abro los ojos, despacio, estoy ligada a una cama. En un hospital, supongo. Todo trascurre muy lentamente, no hay nadie a mi alrededor.
He tenido un accidente, lo sé. “Creo que fue ayer”, pienso.
Giro la cabeza ligeramente hacia la derecha, donde hay una ventana de cristal. Detrás de ella hay unas cabecitas ansiosas por saber de mí. Se asoman, impacientes y atentas a todas mis reacciones.
Entre ellas reconozco a mi padre. Tiene los ojillos chispeantes y dibuja una sonrisa en su rostro al verme despertar.
—Papá —susurro lentamente.
—¡Teta! —me contesta.
(“Teta” es un adjetivo cariñoso que utilizamos familiarmente en Valencia para llamarnos entre nosotros, es como decir “mi niña”). Me lo dice emocionado, alegrándose un montón de verme despertar.
Pero su sonrisa no oculta su sufrimiento. La cara es el espejo del alma, y puedo notar en mi interior parte del dolor que habrá padecido al enterarse de la noticia. Sin imaginarme siquiera lo que realmente ha sucedido. “Papá, perdona por hacerte sufrir así”, pienso.
Me invade una inmensa sensación de culpabilidad frente aquellas personas que, tras el cristal, tanto están sufriendo por mí. Y que en pocos segundos desaparecen.