Revoleras

Coleccion Luna Llena

ISBN: 978-84-9923-085-6
Nº Páginas: 272 pags
Género: Novela
Formato papel
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Autor/es: 

Pura Simona de la Casa (Valdesaz- Guadalajara) es profesora de creación literaria y licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación. Ha conseguido diversos premios literarios: Ciudad de Parla con el cuento Pastando en la incertidumbre; premio de Primavera de la revista Cosa Nostra con el cuento La Primavera: finalista del I Premio Federico García Lórca con El Mirador; premio Ana María Matute con Amelia en el pantano, de la Editorial Torremozas; finalista en La Sonrisa Vertical de Tusquest, con el libro Allegro nada moderato en el que compartía autoría con otros escritores.

Así mismo tiene cuentos publicados en varios libros:
Musas de todas las calles, Cuentos para leer en el metro, Encuentros breves, Álbum de cuentos, Cuentos del corazón y otras vísceras, Allegro nada moderato, Amelia en el pantano...

También ha publicado cuentos en diversas publicaciones periódicas.

Revoleras es su primera novela.

Título:
Revoleras

Por diferentes motivos, un viejo, un hombre de mediana edad y un joven acuden a un pueblo pequeño en el que se celebran las fiestas patronales.

Es el día del encierro. En este paisaje peculiar en el que la noche y el día se funden, se funden a la vez pasado, presente y futuro para dar cuerpo a una historia de amor intemporal en el transcurso de un día solar.

Al hilo del festejo taurino se entretejen fuerzas vitales al límite de la muerte. Es la cercanía de la muerte la que pone en valor este amor ilimitado y atemporal.

En Revoleras, una gran novela, se nos ofrece un juego con el tiempo repleto de posibilidades, un volver a empezar o a continuar proyectado hacia el infinito.

Leer un fragmento:

Aquel domingo de agosto, como tenía motivos de desvelo para su siesta cotidiana, después de comer, en lugar de sentarse en el sillón, bajó al garaje sin saber con qué intención. Frente a la puerta del coche se planchó las solapas de la chaqueta con mano temblorosa y luego dejó el bastón en el asiento trasero antes de sentarse al volante. ¿Dónde iba? ¿Se atrevería a visitarla por fi n ahora que estaba muerta, o acabaría como siempre, yendo a pescar o lavando el coche en algún arroyo? Con estas dudas ni se dio cuenta de que conducía distraído. Y a pesar de la inquietud que le causaba ese aniversario, le sorprendió que se hubiera descuidado tanto. Apenas advirtió que la ciudad quedaba atrás con su halo bochornoso de las cuatro de la tarde, y sólo fue capaz de percibir un poco más tarde, el campo, una carretera secundaria y el sol desnudo y abrasador. Por un momento pensó que había sido el coche quien tomó la decisión de llevarlo hasta allí obedeciendo a sus deseos. Cuarenta años desde la última vez que la vio, los llevaba contados, no en vano había ido marcando con un círculo en el calendario la fecha en que se conocieron. Cincuenta y nueve calendarios ya guardados en una caja con un círculo en el veinticuatro de agosto. Éste haría el número sesenta.

 

(...)