INFORMACIÓN
Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659
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Alejandro Torres Cano nació en Madrid, a mediados del siglo pasado. Se licenció en Ciencias Económicas en la Universidad Complutense y hasta que se jubiló hace poco ha ejercido su profesión de economista en el ámbito de la empresa privada. Se define como escritor de vocación tardía. Tras décadas de dedicación a los balances, los presupuestos y el análisis de negocios, empezó a escribir cuando estaba a punto de doblar la esquina de la cincuentena.
En 2007 publicó en la República del Ecuador su libro Cuadernos de la Sierra, donde recogía sus vivencias de varios años de residencia en ese país. Sus poemarios anteriores: Reflejos de pasión y vida, Los ecos de la luz, Pulsos al final de una etapa de montaña y Sentenciado a vivir, están inéditos y han tenido difusión en tertulias literarias y páginas de internet.
Alejandro Torres, el autor de este libro que ahora tienes en tus manos, pertenece a la generación anterior y sus cuentos, herederos ya crecidos de aquellos de los hermanos Grimm, están imaginados y escritos desde un prisma que podríamos considerar fuera de la ley. Cuentos políticamente poco correctos, sin afán didáctico y cuya única misión es hacer pasar un rato entretenido, muy entretenido al lector. Cuentos escritos para esbozarnos una sonrisa, unas veces, hacernos estremecer, en otras, dibujar en nuestras almas retazos de añoranzas pasadas o de ilusiones futuras. Cuentos que nos transportarán desde un mar mágico hasta el cementerio de un pueblo cualquiera, que podremos identificar como aquel de nuestros abuelos y todo ello recorriendo múltiples escenarios que irán desde la habitación candente de un hotel, las asincronías de un futuro ya pasado, indígenas ecuatorianos y las vicisitudes de un occidental en el mágico Cairo.
Manuel Enríquez Turiño
LAS PERLAS DE HIROTANE
Acabo de regresar de un viaje por la Polinesia francesa, enviado por mi revista para escribir un artículo sobre la extracción de las perlas de los Mares del Sur. Tuve ocasión de visitar las islas Marquesas y los atolones de Tuamotu, donde pude ver el proceso de cultivo de las perlas negras en las granjas de ostras.
Terminé mi periplo en Papeete, la capital de Tahití, donde pude visitar el famoso Museo de la Perla. Allí se exhibe, entre otras maravillas de nácar, un collar de 32 perlas unidas por un fino cordón de plata. Tras una vitrina de grueso cristal se puede contemplar esta joya magnífica. Si las perlas polinésicas son famosas por su belleza, la perfección de esas margaritíferas supera toda referencia, y su brillo irisado impresiona particularmente al visitante.
Monssieur Sampé, director del museo, me contó su historia. Provienen de la bahía de Murutoa, donde los buscadores debían sumergirse más de 50 metros para encontrar las más hermosas, provistos sólo de cuchillo y red. En los años finales del siglo XIX, cundo sucedió esta historia, todavía se usaba este método primitivo. Era peligroso, algunos morían en el intento y bastantes sufrían daños irreversibles por la prolongada falta de oxígeno.