INFORMACIÓN
Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659
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Tras la conclusión de su vida laboral en la ingeniería, Raimundo del Valle (Ceuta, 1949) reorienta su actividad hacia una dormida vocación literaria. Su adolescencia generó una poesía intimista y celosamente inédita, salvo por la presentación a los juegos florales de Ceuta de su ciudad natal, trabajo que resultó el premiado (Flor natural, mayo 1966).
A los 60 años, publicar una novela primeriza parecía empresa tardía, pero la aventura resultó revitalizadora para el autor. Y nació, autoeditada, El hilo de la cometa (2010), con el reconocimiento del grupo de artistas integrados en Antropiae (*). Ahora salen a la luz estos relatos de pura ficción. Pero de una ficción próxima, la que está al otro lado del espejo cuando nos miramos en él.
(*). www.antropiae.com
Los 16 relatos reunidos en este libro están basados en hechos irreales – existen los hechos irreales, al menos para mí -. Dispares en sus situaciones y personajes, todos beben del mismo postulado: esa felicidad que en muchos momentos acariciamos con los dedos, casi nunca puede retenerse dentro del puño.
Consciente de que el riesgo de exprimir la sensibilidad humana es caer en la sensiblería, no he privado a los protagonistas de estas historias de ser ellos mismos, de pensar en voz alta aunque luego actúen más o menos en consecuencia con lo que crean correcto, rentable o simplemente bien visto. Es decir, como actuamos todos.
Para la edición de estas narraciones llenas de hiel y miel no quise buscar un título llamativo para el comprador, sino explícito para el lector. Un título que no diluyese su contenido: eran eso, relatos agridulces. Y así se rotuló su portada.
Aquel diario, o mejor dicho, su soporte papel, se acabó. Las hojas blancas alojadas entre sus duras tapas verdes de símil cuero, algo menores que la cuartilla y con orlas de discretas líneas doradas, terminaron por llenarse con los borbotones de quimeras rotas que el corazón de mamá, hecho jirones, había derramado a través de un simple bolígrafo. Yacían sus encuadernadas emociones al inconmovible abrigo de las bolsas de plástico que guardaba en un cajón de la cocina, compartiendo el tiempo muerto con los cacharros de menos uso, como el frío pasapurés o la cortadora de pizzas: para que ella ocasionalmente los recordara y que yo los profanara. La última página quedó en blanco, debió haber un paréntesis entre éste y un nuevo diario, una meditación para abrir otra etapa en la vida. Aunque no puedo descartar que ambas circunstancias, el pasional deseo de venganza y el papel para dar fe de ello, se terminasen al mismo tiempo. Para mí no hubo ningún otro diario, e interpreté la conclusión de aquel librito como una señal desde lo sobrenatural que me exhortaba a deponer mi curiosidad furtiva y artera.
De mi obscena actitud quedó no obstante un aspecto positivo: el acercamiento entre nosotras, que yo propicié, con la consiguiente mejora de nuestra relación. Empecé a verla tan humana como yo, tan tierna como yo, tan vulnerable como yo. Había nacido antes, y eso le daba la autoridad de la experiencia, pero éramos iguales, de la misma materia orgánica porosa capaz de albergar en sus oquedades anhelos semejantes. Sufrí largo tiempo el temor de que descubriera mi pecado y muriese con ello nuestra fortalecida unión, pero no ocurrió semejante desgracia.