Los Reduxlatamientos

Coleccion Cultiva

ISBN: 978-84-9923-860-9
Nº Páginas: 74 pags
Género: Religión
Formato papel
12,00 euros (IVA incl.)
Compra en Cultiva Libros sin costes de envío
O buscar en:
Autor/es: 

El octavo libro de Edgar Caprotti J. (Madrid, 1-3-1963), es una vuelta a los orígenes del comienzo de su primer libro ¿Por qué los perros no tienen apellidos?, que comenzaba con Los 10 Relatamientos, una autoparodia de su misma escritura y su misma moldura, aunque tomando caminos distintos, pero no por ello menos concurridos…

Título:
Los Reduxlatamientos

La Semana Santa se caracterizaba, al menos allá por 1971, en procesiones, misa diaria, nazarenos, legionarios, Paco Camino toreando, monjitas, torrijas y el Obispo de Benidorm comiéndose una paella con mariscos en un chiringuito al borde de la playa un Viernes Santo por ser día de ayuno de carne (… y de cheeseburgers).

Y esa Semana Santa de hace unos cuarenta años (los mismos que tiene en cada pata Ana Obregón), la familia Bilbo y la mía, habíamos recalado en el mismo Benidorm y, además, en los mismos apartamentos, los populares Apartamentos Benidorm (cuyo lema publicitario era: “Si Vd. quiere confort, Apartamentos Benidorm”).

Leer un fragmento:

Capítulo VIII (Como Fernando VII… )

Al día siguiente, Sábado de Gloria(¿Fuertes?), estaba en un chiringuito junto a la playa con mis padres. En la mesa de al lado, el Obispo de Benidorm, tras bendecir la paella de langosta y bogavante, cogió su enorme cucharón de madera y directamente de la paellera comenzó a engullir a bocados el exquisito manjar. Mi padre le dijo a mi madre:

-¡A ver si hay suerte y les llevan a la misma cárcel a Leti y Chiruqui, así no estarán tan solas y Leti podrá teñirla a Chiruqui el nido de la cabeza y lavársela con champú al huevo!

Mi madre respondió:

-¡Eso espero, Jeroma, encima de lo que le pasó al pobre Mikel, menos mal que han donado en un gran gesto su nariz a la sección de narices y otros complementos para payasos del Corte Inglés de Benidorm!

En eso, cogí el frasco de la pimienta, y me eché en la mano y se me ocurrió soplar a ver si era cierto eso del viento de Levante. Con la ventisca marina, llegó a la altura de las narices de mi padre, que empezó a estornudar. Mi madre abrió raudísima el bolso de piel de sardina y sacando un frasquito amarillo, lo abrió extrayendo unas pastillas y acercándoselas a la boca, le decía:

-¡Toma Jeroma, pastillas para la tos!