INFORMACIÓN
Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659
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El octavo libro de Edgar Caprotti J. (Madrid, 1-3-1963), es una vuelta a los orígenes del comienzo de su primer libro ¿Por qué los perros no tienen apellidos?, que comenzaba con Los 10 Relatamientos, una autoparodia de su misma escritura y su misma moldura, aunque tomando caminos distintos, pero no por ello menos concurridos…
La Semana Santa se caracterizaba, al menos allá por 1971, en procesiones, misa diaria, nazarenos, legionarios, Paco Camino toreando, monjitas, torrijas y el Obispo de Benidorm comiéndose una paella con mariscos en un chiringuito al borde de la playa un Viernes Santo por ser día de ayuno de carne (… y de cheeseburgers).
Y esa Semana Santa de hace unos cuarenta años (los mismos que tiene en cada pata Ana Obregón), la familia Bilbo y la mía, habíamos recalado en el mismo Benidorm y, además, en los mismos apartamentos, los populares Apartamentos Benidorm (cuyo lema publicitario era: “Si Vd. quiere confort, Apartamentos Benidorm”).
Capítulo VIII (Como Fernando VII… )
Al día siguiente, Sábado de Gloria(¿Fuertes?), estaba en un chiringuito junto a la playa con mis padres. En la mesa de al lado, el Obispo de Benidorm, tras bendecir la paella de langosta y bogavante, cogió su enorme cucharón de madera y directamente de la paellera comenzó a engullir a bocados el exquisito manjar. Mi padre le dijo a mi madre:
-¡A ver si hay suerte y les llevan a la misma cárcel a Leti y Chiruqui, así no estarán tan solas y Leti podrá teñirla a Chiruqui el nido de la cabeza y lavársela con champú al huevo!
Mi madre respondió:
-¡Eso espero, Jeroma, encima de lo que le pasó al pobre Mikel, menos mal que han donado en un gran gesto su nariz a la sección de narices y otros complementos para payasos del Corte Inglés de Benidorm!
En eso, cogí el frasco de la pimienta, y me eché en la mano y se me ocurrió soplar a ver si era cierto eso del viento de Levante. Con la ventisca marina, llegó a la altura de las narices de mi padre, que empezó a estornudar. Mi madre abrió raudísima el bolso de piel de sardina y sacando un frasquito amarillo, lo abrió extrayendo unas pastillas y acercándoselas a la boca, le decía:
-¡Toma Jeroma, pastillas para la tos!