Los godos

Coleccion Autor

Desde sus orígenes Bálticos hasta Alarico I (2ª Edición)

ISBN: 978-84-9923-545-5
Nº Páginas: 330 pags
Género: Historia
Formato papel
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Autor/es: 

Fernando Domínguez Hernández. Nació en Zaragoza en 1966. Estudió Historia Antigua y Arqueología en la Universidad de Zaragoza. Ha participado en numerosas excavaciones arqueológicas, entre las que destacan varias campañas de excavación en la ciudad celtibérica de Tiermes (Soria). A su primera obra, Las guerras celtibéricas, circunscrita al ámbito académico, sigue esta segunda, que le ha llevado más de cuatro años de intenso trabajo.

Título:
Los godos

En el año 376 d. C., decenas de miles de godos se apiñaban al otro lado de la frontera romana danubiana en petición de asilo al Imperio Romano oriental. La insoportable presión ejercida por otro pueblo bárbaro, el huno, les había llevado a abandonar sus tierras del mar Negro, a donde habían llegado procedentes del mar Báltico. El emperador de Oriente, Valente, cometió el gravísimo error de concederles asilo. Dos años después, este emperador y su formidable ejército serían derrotados por los godos en la batalla de Adrianópolis. Décadas más tarde, estos germanos llegaron a ser los primeros en establecer un Reino propio independiente dentro del Imperio: un cáncer que contribuiría poderosamente a la caída del Imperio de Occidente. Este libro narra su historia previa al cruce del Danubio, llegando hasta la muerte de Alarico I (410), bajo cuyo liderazgo se formó el grupo visigodo: una odisea histórica apasionante.

Leer un fragmento:

Me transfirió un secreto que ni al director de la excavación había jamás contado. En un lugar recóndito e insospechado cercano al yacimiento principal, y recalco esto último, donde estábamos excavando, cuando él tan sólo era un crío de diez o doce años, se le ocurrió ponerse a rebuscar. Contaba que el lugar estaba plagado de huesos, ¡huesos humanos y no animales!, me concretó. Tomando este dato tan significativo, al día siguiente, tomamos dos azadones e hicimos una minúscula cata arqueológica. ¡En efecto!, en seguida y por doquier aparecieron huesos a los pocos minutos, ¡el subsuelo estaba infestado de ellos! Dejamos las azadas y cogimos pequeñas azadillas, espátulas y gruesas brochas, que son las herramientas habituales para desenterrar esqueletos. Al poco tiempo, apareció una tibia, luego un fémur, después una pelvis…, ¡y una hebilla de cinturón visigoda!, puntas de flecha y un hacha de combate allí depositada (más tarde me enteraría que supuestamente los visigodos enterraban sin armas, ¿ ?). El sol se estaba poniendo y tuvimos que abandonar este recóndito lugar. Esa noche no pude ni pegar ni ojo ante la magnitud de lo hallado. Era un joven lleno de energía, entusiasmo e ilusiones. No hay nada más bello en esta vida que dedicar los mejores años de la misma a hacer algo que te entusiasma y además ser favorecido por la fortuna en buena medida. Era una necrópolis o cementerio visigodo como a los pocos días de excavación pudimos apreciar plenamente, pero con un número escaso de inhumaciones. No aparecían en el mismo restos de otras épocas. Los ajuares eran pobres pero reveladores: hebillas de cinturón, fíbulas, puntas de flecha y hachas de combate fracturadas, entre otros materiales arqueológicos. El lugar elegido como cementerio por estos germanos era un hito geográfico en el paisaje, escondido y difícilmente olvidable.