INFORMACIÓN
Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659
INFORMACIÓN
Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659

Fernando Grijalba López (Zaragoza, 1958), Grafólogo y Master en Grafología es Jefe de Gabinete en un Ministerio.
Ha publicado otras dos obras, Andrea, la del pantano (Cultiva, 2009) y El Revisor (Cultiva, 2010).
Con esta novela ha obtenido el 2º Premio en el Certamen de Novela para España e Iberoamérica AEINAPE 2011.
Dos sucesos acaecidos en diferentes puntos de la provincia de Burgos y distanciados cientos de años en el tiempo, dejan una pista en común. Por un lado, está la aparición del cuerpo de un joven “Sanjuanero” salvajemente destrozado en la Gruta del Ermitaño de Miranda de Ebro a pocas fechas de que comience la Romería de San Juan del Monte; por otro el descubrimiento accidental de varios restos humanos con más de quinientos años de antigüedad bajo el suelo de la calle Mayor de Medina de Pomar. Los investigadores, impotentes, interrumpen la reciente jubilación del prestigioso Historiador Isaac Ruyloba quien, tras estudiar ambos casos, emprende una carrera contrarreloj para que una ancestral Organización que se creía extinguida no se haga con el Pescatorio de San Pedro.
Desde las entrañas del medinés Monasterio de Santa Clara hasta la olvidada Fuente de los Italianos en Villarcayo, viva una apasionante aventura con estos personajes que no descansarán hasta desvelar tan misteriosos sucesos.
10
En el Cuartel de la Guardia Civil…
de Medina de Pomar ya habían recibido esa misma mañana una circular donde les alertaban del hallazgo producido en la Gruta de San Juan del Monte de Miranda. Se comenzaron a adoptar las medidas específicas para casos como ése. Se intensificaría la vigilancia sobre personas desconocidas; se interrogaría a ciertos personajes que siempre estaban caminando por esa delgada cuerda que separaba lo lícito de lo delincuencial; se estaría con los cinco sentidos por si pudiera obtenerse algún tipo de información, por pequeña que fuese y se establecerían controles disuasorios por si el nerviosismo de algún conductor les llevase a algo o alguien.
La Teniente Marina Gonzalo estaba llevando a cabo una investigación en la comarca de Las Merindades sobre una posible adulteración de carne. El chivatazo de un carnicero del Valle de Mena levantó la polvareda porque venía observando ciertas prácticas de engorde artificial de las vacas y eso le recordó aquellos fatídicos tiempos, por suerte olvidados para mucha gente, del abuso del clembuterol y otros productos de laboratorio que aceleraban el volumen de los animales y se colocaban en el mercado como adultos, siendo en realidad una piel rellena de agua y bajísima calidad cárnica, amén del riesgo que pudiera suponer para el consumidor final. Iba acompañada por una persona de confianza que la presentaba como su hija, haciéndose pasar él por tratante de ganado. Hora a hora, día a día, iban recorriendo las ganaderías de más empaque, sin dejar, por supuesto de lado, a los pequeños ganaderos. Se centraron por la zona de Espinosa de los Monteros y todo el territorio de los pasiegos burgaleses. Tomaban notas y más notas; en unas ocasiones, hacían ofertas de compra muy importantes haciéndose pasar por intermediarios que colocarían los animales en la gran industria del despiece y venta empaquetada en grandes superficies; otras veces, en cambio, no pasaban de ser un modesto carnicero y su hija con el ánimo de adquirir reses para un matadero de Roa, Aranda o Belorado. La investigación iba bastante avanzada y no descartaban detenciones a no mucho tardar. En el fondo, les apenaba comprobar hasta qué punto eran capaces una serie de desalmados, que no les importaba en absoluto dónde acabarían los filetes de esos animales, con tal de hacerse de oro en el menor tiempo posible. Sabía también que no era un delito de mucha envergadura, puesto que la legislación en ese sentido era un tanto ambigua. El único consuelo que la quedaba era dar a conocer a la opinión pública de donde salían esos animales adulterados y que fuese el propio consumidor quien se encargase de echar abajo los negocios de esos listillos a costa de un brutal boicot. Marina sabía, como ama de casa, que el boca a boca entre las mujeres que están día sí, día también, en el mercado o las tiendas de barrio, iba a ser el mejor reclamo para terminar con esas prácticas abusivas de vender gato por liebre.