La escalera de los sueños

Coleccion Cultiva

3ª Edición

ISBN: 978-84-15534-41-9
Nº Páginas: 224 pags
Género: Relatos
Formato papel
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Autor/es: 

Manuel Vargas, de raíces granadinas y adopción madrileña, cuenta, con la sensibilidad con la que lo haría un niño, las innumerables vivencias de las que fue partícipe, junto a sus amigos, en la ciudad de la Alhambra.

Treinta y cinco años después, cuando ya les comtempla el medio siglo de vida, reunidos en Granada, consiguen recordar las pocas cosas materiales de que disponían, para valorar, en su justa medida, los juegos imposibles que ponían en práctica, para acabar sacándole el mejor partido a cualquiera de las situaciones que su imaginación montaba.

La “estrella invitada”, en boca de todos, fue su barrio, aquel que les permitió y les allanó el camino, para que consiguieran llegar a ser, tan felices, como niños.

Su querido y maravilloso barrio. Un barrio para enmarcar.

Título:
La escalera de los sueños

La escalera de los sueños, es un merecido reconocimiento de la capacidad inventiva de los niños de finales de los cincuenta, cuyas conocidas carencias materiales les empujaban al cultivo y al fomento constante de su fértil imaginación. La medida de la inteligencia, reconocida en el ámbito colegial, se veía ampliamente superada por la impuesta por el reglamento y el rigor de la calle.

El más seguro, el más despierto o el más audaz, era el que conseguía sacarle el mejor de los partidos a cada espacio, a cada calle o a cada rincón de su admirado y “humano” barrio.

El mismo ingenio que les faltaba, cuando la timidez, muy pegajosa y siempre alargada, conseguía anular el sentimiento de atracción que las coquetas féminas despertaban en los encogidos niños, que deshacían el encanto, por la insalvable falta de una ocurrencia o de una estrategia, con la que tratar de abordar, con alguna certidumbre, aquel desconocido y lejano mundo del deseado juego amoroso.

Leer un fragmento:

VII

El tiempo de recreo, de media hora de duración, era el momento más esperado y también el más criticado por la mayoría, por su brevedad. Ocupar esos minutos en jugar al fútbol era lo habitual, hasta que el pequeño patio donde jugábamos, se reducía aún más, por la salida simultánea de otras clases.

La otra opción era salir a la calle, cosa que curiosamente estaba permitida, en una época en que la prohibición reinaba en el ambiente.

La separación de sexos en todos los centros escolares, oficialmente ordenada y naturalmente aceptada, despertaba en nosotros el ánimo necesario y la atracción natural latente, para maniobrar de forma que la aproximación al sexo contrario fuera una realidad, cosa que nunca conseguíamos por mucho que lo intentáramos, con las cabriolas físicas e imaginativas más variopintas, para acabar dándonos de bruces contra la misma impenetrable pared del fracaso.

Las niñas cursaban sus clases en el Instituto Ángel Ganivet, distante del nuestro poco más de doscientos metros. Corríamos como gamos con el objetivo claro de darnos una sesión de vista, aspiración máxima a la que podíamos llegar en aquellas circunstancias tan restrictivas. Nos apostábamos tras la verja del patio destinado al recreo, apoyados o sentados en el murete, con una intención concreta: esperar pacientemente a que alguna niña, en su afán juguetón aireara sus piernas y se dejara ver algo por encima de las rodillas.