INFORMACIÓN
Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659
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«Que todo aquel capaz de pensar comprenda que si hay demonios sobre la tierra es obra directa del ser humano, que el bien y el mal son palabras humanas. Estamos aquí desde que erais solo un proyecto divino, os enseñamos a andar y a volar, y el día que conquistéis las estrellas, de nosotros lo habréis aprendido... Mas a pesar del tiempo y de todos nuestros sacrificios, aún seguís sin conocernos.
Aceptad, pues, este regalo, e intentad comprender, que el mundo no es lo que parece, que no sois más que el sueño del creador, que la vida es tan solo una escuela y que siempre hemos estado y estaremos…
…entre vosotros…»
Así comienza la primera novela de esta trilogía en la que J. Mariño busca sorprender al lector y empujarle a comprender una realidad tan vieja como el propio ser humano.
Que siempre ha habido dioses y demonios, que siempre han tenido su razón para existir. Aunque, tal vez, esa razón no sea la que todos nosotros pensamos.
Capítulo I
Los asesinos
Año 13 d. C.
La única verdad visible era la muerte. La ley del más fuerte y la política romana se daban la mano en medio mundo, mientras el otro medio luchaba contra el progreso con uñas y dientes, condenando todos sus esfuerzos al fracaso. Allí donde se posase la vista, la vida estaba continuamente amenazada por la muerte y tanto la razón como la ciencia estaban subyugadas a ella…
La luna aún podía distinguirse en el cielo, a pesar de que el día despuntaba con fuerza descubriendo los reflejos de un Danubio completamente helado. Los árboles se defendían del frío con su característica paciencia, aguantando el peso de la nieve sobre sus ramas. Parecía como si los fríos dioses bárbaros castigaran sus dominios con la nieve con la intención de probar a los hombres, las plantas y las bestias…
Mell sujetaba con fuerza las riendas de su caballo mientras el asustado animal observaba su reflejo en el lecho helado del río.
—No tengas miedo, demonios. ¡Maldito caballo!, tenía que haberte tapado los ojos. —El caballo relinchaba con suavidad, como pidiéndole paciencia a su dueño, y a cada paso que daba sobre el hielo exhalaba una bocanada de cálido vaho sobre el rostro de aquel humano impaciente.
Mell, harto de forcejear con las riendas, las soltó con una maldición.
—Vale, ya es suficiente. —Dio un bufido y se apartó de él luchando por controlar su escasa paciencia—. De acuerdo, tú ganas, condenado. ¿Acaso crees que a mí me hace gracia caminar sobre esta balsa de hielo? Joder, ¡yo también estoy asustado! —El caballo reculó medio paso y miró a su dueño allí plantado sobre sus patas traseras con las delanteras en jarras y con la cara semioculta por un trozo de su capa pretoriana, mientras el viento no paraba de jugar con el resto a sus espaldas.
—¡Mira a tu alrededor, demonios! Estamos en medio del maldito río… Te va a dar lo mismo seguirme al otro lado o regresar por donde has venido, ¿no?
Instintivamente, el animal miró a su alrededor como si entendiera cada palabra que le decían.
—Por Polux. —Sacudió la cabeza y se colocó un flequillo rebelde que se le escapaba del casco—. Vale, tú mismo… yo sigo hasta la otra orilla, así que tú verás lo que haces… —Con gesto de enfado, Mell dio media vuelta y comenzó a caminar despacio hacia la orilla mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa. Como se esperaba, Ator parecía haberse dado cuenta de que seguir luchando no era la mejor opción y bajando el morro comenzó a caminar tras su dueño. Llegaron a la otra orilla en un suspiro. A su llegada a tierra firme, Mell se dio la vuelta despacio mientras Ator se acercaba con la cabeza baja, como un niño después de una reprimenda de su madre. Ya a su altura levantó el morro y, dejando escapar un relincho, le dio un lametón en el hombro.
—Maldita sea, Ator. No te comportes así, ¿vale? Poniéndote cabezón no solucionas nada. -Paró un segundo para observarse a sí mismo y no pudo dejar de verse como un loco que trataba como un igual a un caballo que, a todas luces, era más listo que él. Meneó la cabeza como quien despierta de un sueño y tomó de nuevo las riendas.