INFORMACIÓN
Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659
INFORMACIÓN
Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659

Marinieves Garabal nació en la hermosa ciudad de Santiago de Compostela, a donde los peregrinos de cualquier parte del mundo acuden para que el Apostol Santiago les bendiga y proteja.
Obtuvo el título de Maestra en el edificio de bella portada románica ubicada en la magnífica plaza del Obradoiro, próxima a la impresionante Catedral. En ese precioso recinto saboreó los placeres en el arte de la escritura creativa; vocación que siguió día tras día. A edad temprana ya había publicado en la prensa local su primer artículo titulado: “Hoy sabía la lección”, dedicado a su profesor de inglés, fallecido días antes; después siguieron otros: “A ti mamá”, “La niña con carita de ángel”, ”Está triste Santiago”, “El secreto de la niña”, “El beso que no me diste”, “Delirio en el camino” “El valor del silencio”…
Con este último título publica esta novela.
Hace muchos años que reside en la capital del Reino, y no hay un solo día en que no se acuerde de su bella tierra.
En esta historia, Marinieves Garabal, nos sumerge en un mundo de inocencia, de belleza y de dolor. La protagonista de la novela busca romper, a base de silencios y esfuerzo, los lazos que la atan a la tierra y la familia. Con la curiosidad como único alimento del alma comienza un viaje personal que le llevará al descubrimiento de la amistad y del amor y sobre todo al descubrimiento de las respuestas del camino, a veces hermosas, a veces terribles.
¡Antes de que lleguéis a la finca a sembrar, los vecinos ya estarán recogiendo su fruto! Mis tierras son las peor trabajadas del pueblo porque tengo unos hijos muy holgazanes. ¡Me avergüenzo de ser vuestro padre!
Así de enfurecido despertaba cada mañana Nicanor Leste, alcalde de Laureiro, una localidad rural de la Galicia profunda. Así les daba los buenos días al entrar en la cocina.
Transcurría un día cualquiera del año 1950. Janett, al ver que el reloj señalaba las seis de la madrugada, saltó de la cama y se dispuso a comenzar las tareas matinales que poco se diferenciaban de los demás días. Sería como otros, agotador y aburrido, además de angustioso. A ella no le importaba trabajar sin cesar, si a cambio veía a su alrededor, sobre todo en su padre, una mínima sonrisa o un gesto de ternura que, aunque no fuera para ella, al menos no generara un ambiente gris y deprimente.