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Francisco Joaquín Cortés García nació en Viator en 1967. Es Doctor en Economía por la Universidad de Almería y Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. En 1992 obtiene una ayuda del Ministerio de Cultura para la realización de un ensayo, posteriormente publicado, titulado Dios, Hombre, Animal, Máquina. Asimismo, ha publicado numerosos libros y artículos relacionados con la teoría del estado, la historia del pensamiento, la filosofía, la economía y las finanzas.
Francisco Joaquín Cortés nos ofrece una novela, donde lo real se mezcla con lo poético y siempre con lo surrealista y excesivo. Maravillosa en su estética esta obra se recrea con los autores y personajes históricos de intensa luz. Narciso es el tío loco que vivió 113 años y por el que se suicidaban las mujeres.
II Nínfulas
Cuando duermen los celosos limoneros, Narciso ama las rosas de raza blanca, convertidas en pequeños homúnculos de Paracelso, heridos por polillas andariegas de divinos vinos. Y a las muchachas anoréxicas, que sueñan con ser modelos de Playboy, de blancas esquelaturas, disfrazadas de sus huesos, que vienen en volandas de inmensas moscas lecheras; moscas de muslos rechonchos, de grandes ubres de alabastro y suntuosas bocas marineras. Cuando Narciso las ve, en pleno esplín de la Ayahuasca, hacen papiroflexia con las nubes, juegos florales con las violetas, y castillos pirotécnicos con las panzas mustias de las luciérnagas. E incluso obligan a las golondrinas a exhibirse con caligrafías aéreas. Nínfulas que juegan por el día en los pradales, entre los silbidos orgiásticos de las glicinas, con sus enormes aros de aluminio; y buscan la miel en las ánforas de barro de los avisperos; y enjaulan nidos; y se bañan desnudas en la plata del río; y a la noche, como las pálidas y flemáticas lumias parisinas, danzan enjabonadas por la luz de plata de la luna y se prestan a hacer el amor con cualquiera a cambio de un pájaro. Más bellas, incluso, que el automóvil de Marinetti, y mucho más que la victoria de Samotracia. Y ama Narciso al cielo, de habla argótica, lleno de ciclistas, de kenníngares islandeses, de frutos del ciclamor (Ida Vitale), de polígonos y de paracaidistas; y a la luna ermitada en nácar en su chocita piramidal de estrellas titilantes; sola y aterida, en sus soliloquios de soliluna. Viendo la ducha fría de las rosas anhedónicas y el mariposeo de los ángeles en demonios de Manganelli… Qué grande se ve el Universo desde sus barandales de estaño, y desde sus gárgolas de aerolitos. Ama Narciso a las amazonas, que regresan escuálidas en sus carrozas de mulas pardas, y encintas de agigantadas potrancas de madera. Y ama las cordilleras, hechas de pechos de mujer y sebo de caracoles, conectados al pensamiento por el invento de Jules Allix, por la sinapsis de los murciélagos y por las mujeres biónicas del cubo mistral. Las montañas de las cordilleras, en verano, cuando los chiquillos estertoran la tarde, tienen las uñas de los pies esmaltadas de nácar y sus piernas aterciopeladas por sus baños de hidromiel y claras de huevo. En ellas, dicen, Rubén Darío hizo un altar marianista a Hortensia Buislay, mientras la noche se convertía en un pájaro minérvico de blanco plumaje. Las infecciones de los trolebuses apagan los ojos de las nínfulas anoréxicas; ojos de almizcle y clorofila; y pudren los genitales de las rosas que menstrúan por influjo de una luna clorótica; y asfixian a los insectos amaestrados de cuatro patas, que hacen el pino y giran sus esqueléticos torsos desnudos en las fraguas del bosque, sombreado de laureles y encinas, y donde se mancillan los faunúnculos, encerrados en un pétalo, en los androceos pasolinianos de brisas mentoladas y de acidulados besos de limones.
(...)