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Nacido en Málaga en 1965, Fausto Antonio Ramírez es licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. Trabajó durante varios años en el sector editorial como redactor y director de la revista Imágenes de la Fe. Ha traducido varios libros del francés al español para las editoriales Bayard y Edebé. Docente de la Universidad Pontificia de Salamanca, trabajó como profesor de Teología. Es colaborador asiduo en diferentes medios de comunicación digitales. Escritor de narrativa, tiene varias publicaciones en el mercado. Actualmente trabaja en una nueva novela.
“El silencio del almendro es una novela de amor romántica, de sentimientos y de emociones a flor de piel que tocan el alma y remueven por dentro al lector. Impregnada de espiritualidad y sensualidad, los protagonistas de esta historia nos introducen en el mundo de la música, donde los caminos se cruzan para liberarse mutuamente.
Con su estilo cincelado, preciso, lírico, de una deslumbrante eficacia en el análisis de los sentimientos y las situaciones, Fausto Antonio Ramírez desgrana la descripción de esta historia, con la música como protagonista, que se convierte, por cosas del azar, en una experiencia dramática, en una revelación que trastorna a los personajes, situando a la verdadera luz sus vidas y sus pasiones, en una exploración de su infierno privado por el camino de la conversión personal.
La muerte de Madeleine Limoges, una afamada cantante de ópera, es el detonante de la narración retrospectiva que hace un hombre abatido por el dolor y la soledad. A través de sus recuerdos, Salvador Torrico abre su corazón para contarnos el poder transformador de la vida.
Lo ue empezó siendo una aventura musical, terminará por llevar al lector a Ruanda, en el corazón de África. Será allí, donde Madeleine viva la experiencia más conmovedora de su vida, que le posibilitará el cambio de corazón y el descubrimiento definitivo del amor. En esta novela, perder es sinónimo de ganar, y la conversión que se va operando a lo largo de la narración es la clave para comprender el sentido de la vida.”
Los inviernos son las estaciones más tristes del año. Todo se detiene en un instante. Parece que el tiempo se aleja de nuestro espacio para dar paso a la muerte. Es la nada. Un vacío inasible que suena hueco, una voz de desconsuelo que se desvanece en la frialdad de la noche. Los inviernos me recordarán siempre a Madeleine. Me resisto a vivir entre rumores de soledad que me empujan a la angustia más desesperada. Tan solo albergo la esperanza de una nueva primavera para renacer de la depresión de este tiempo de silencio no buscado y tan sufrido. Cuento los días frente a mi ventana mientras me olvido de mis obligaciones, a las que no consigo reincorporarme.
Esta tarde, escuchando la lluvia que golpea sobre los cristales del salón, siento por primera vez, después de un largo tiempo, que los recuerdos de Madeleine no pueden seguir reteniéndome anclado a un pasado que ya es historia.
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