El pasajero del tranvía

Coleccion Cultiva

ISBN: 978-84-9923-239-3
Nº Páginas: 100 pags
Género: Novela
Formato papel
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Autor/es: 

Antonio Poison es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, si bien, nunca llegó a ejercer como tal. Su actividad profesional se ha centrado en el sector financiero, donde actualmente trabaja.

Título:
El pasajero del tranvía

Quien se encuentre con este libro entre las manos, descubrirá unos cuentos de estilo directo y cercano, cuentos como los que se podrían contar de viva voz para —no matar el tiempo, no, sino todo lo contrario— dar más vida a momentos tranquilos, pasados en compañía y alrededor, quizás, de una chimenea.

Son cuentos que gustan porque los personajes gustan, gente corriente con la que es fácil identificarse y a la que el autor mima, porque —eso se nota y se agradece— le caen bien, los quiere y los comprende, pese a sus defectos; las situaciones son cotidianas, hasta que un detalle, un acontecimiento banal e imprevisto, desestabiliza a los personajes y emociona al lector, que no puede dejar de reflexionar, por un momento al menos, sobre lo extraña que es esta vida que vivimos.

Carmen de Diego Ongil.

Leer un fragmento:

Ante mi sorpresa, la mujer comenzó hablarme, despacio, muy despacio, con un ritmo cadencioso y un acento del que no supe descubrir su procedencia. Con cortesía intenté hacerla callar, pero no pude y poco a poco fui interesándome por su conversación. Hablaba de mis sueños, de mis anhelos, de mis inquietudes, que no le eran ajenos, como si en el algún momento que no acertaba a recordar, se los hubiera confesado. Pero, por más que me buscaba en mis recuerdos, seguía siendo una absoluta desconocida, alguien con quien te cruzas por la calle y que ni siquiera reconoces de un día a otro. Alguien así, ¿podría conocerme tan bien? A través de sus palabras era yo quien hablaba. Y, al escuchar en voz alta lo que tanto tiempo llevaba oculto en mí, sentí un alivio inmenso.

Por momentos, no podía creer que estuviera sucediendo aquel absurdo. Llevaba diez minutos prestando atención a una persona que me contaba su vida, o mejor dicho, contaba mi vida y parte de la suya, enlazando sin parar ambas historias, uniéndolas y separándolas a su capricho como varillas de un abanico. Hablaba con una naturalidad hipnótica hasta tal punto que apenas presté atención a su físico, que quedó en un segundo plano. Nunca me había sucedido algo parecido. Hubiera tenido que hacerla muchas preguntas. Pero no pude. Permanecí hechizado, temeroso de que aquello se deshiciera igual que el azucarcillo en el café que había tomado. Una parte de mi se negaba a saber, a romper esa comunión perfecta. Sin embargo, en la otra, la más poderosa, crecía la duda, impidiéndome abandonar el sentido común ni siquiera por unas horas. “Debes desconfiar, se están riendo de ti” “Nada es casual, esto es un montaje, una broma cruel”. Y esa parte de mí, logró convencerme hasta hacerme explotar. Mirándola a los ojos la insulté, acusándola de desalmada y falsa.

 

(...)