El caso de la chica de ojos color miel

Coleccion Cultiva

ISBN: 978-84-9923-811-1
Nº Páginas: 482 pags
Género: Narrativa
Formato papel
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Autor/es: 

Carlos Martínez – Campo estudió Filología Inglesa y Dirección de Empresas. Mientras estudiaba fue mecánico, recepcionista de hotel, guía turístico y traductor de inglés.

Trabajó muchos años en el sector del transporte internacional antes de dedicarse a su actividad actual de Cazatalentos en logística.

Gran amante de la literatura, se ha iniciado recientemente como escritor de novela. Actualmente está trabajando en una segunda novela y un manual multilingüe de tráfico marítimo mundial.

Título:
El caso de la chica de ojos color miel

Dos hermosas mujeres, una morena, la otra rubia, una alemana, la otra rusa, se ven enfrentadas navegando en un remolcador de barcos que apesta a gasoil y se mueve como una cáscara de nuez en las aguas del Mediterráneo.

La rusa gobierna el timón con mano firme mientras la alemana cocina deliciosos guisos para la tripulación, todos envueltos en una triple trama alrededor de Josechu, el principal personaje.

Ni el temporal ni las intrigas hacen mella en la determinación de ambas jóvenes de cumplir la misión que tienen asignada, en una historia de aventuras salpicada de buena gastronomía, humor y erotismo.

No hace falta ser navegante o practicar el deporte de la vela para contemplar admirados los barcos de recreo, grandes o pequeños yates, enormes cruceros con más pisos que muchos edificios, grandes superpetroleros, lanchas rápidas, barcos de guerra, o maquetas de naves antiguas.

La admiración que reciben todas esas embarcaciones, ignora injustamente otro tipo de nave sin la cual no se concibe el normal desarrollo del transporte marítimo o fluvial y la eficaz labor de rescate y salvamento de otras naves y de vidas humanas en altamar.

Ese gran desconocido es el remolcador.

La mar del Puerto viene
negra y se va.
¿Sabes dónde va?
¡No lo sé yo!
De blanco, azul y verde.
vuelve y se va.
¿Sabes dónde va?
¡Sí lo sé yo!

Rafael Alberti

Leer un fragmento:

El registro

Eran ya casi las cinco cuando salimos del restaurante. El chaparrón había pasado y el sol volvía a brillar entre las nubes. Fui a casa a coger el coche. Pensaba verme con Julia y no quería estar pendiente de un taxi, lloviera o no. Camila salió a recibirme al oírme entrar. Estaba radiante, se había maquillado ojos y labios y lucía una larga trenza, como la que llevaba Julia la última vez.
–Joder, Cami, ¿a quién quieres seducir hoy? Hace tiempo que no te veía tan provocativa, parece que te presentas a un concurso de belleza. ¿O es que te has echado maromo? –me sonrió con picardía en silencio–. Vamos, di algo, te estoy echando un piropo, mujer.
–Los piropos no se contestan, se agradecen con una sonrisa, como estoy haciendo ahora. Además, Josechu, yo nunca te pregunto lo que haces en tu vida privada, ni los ligues que tienes. Y, hablando de ligues –añadió con voz muy seria dejando de sonreír–, te ha llamado una tal Julia, me parece que es la misma de anoche, ¡vaya elemento que te has agenciao! Se empeñó en que le diera tu móvil y me negué. ¿Y sabes cómo se lo tomó?, me llamó marmota de mierda, que me podía empezar a buscar trabajo, que tú eres el padre del hijo que espera y también dijo algo de un papelucho pegado a sus pechos.
–¿Te ha dejado su teléfono? –dije aparentando naturalidad.
–Me dijo que tú sabías dónde localizarla y que lo hagas rápido –soltó un hondo suspiro–. Josechu, nunca me he entrometido en tu vida pero, si estás en un lío, cuéntamelo y veré la forma de ayudarte, me tienes preocupada.
Con mamá ya eran dos las mujeres preocupadas por mí.
Subí a mi cuarto para llamar a Julia sin estar sometido a la vigilancia de Camila –Amena, información gratuita, inténtelo más tarde–. No se podía dejar mensaje. Julia estaba meando fuera del tiesto atribuyéndome la paternidad de la criatura. Todo se dislocaba estos últimos días y se me estaba yendo de las manos sin poder controlar los acontecimientos.