INFORMACIÓN
Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659
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Mª Luisa Campos Fernández nació en Sevilla en 1958 y desde los diez años reside en la estación Linares-Baeza. Después de veinticinco años dedicada por entero al baile, una enfermedad la retira de éste, y a sus cuarenta años abandona su pasión por la danza.
Decide entonces dedicarse a una de sus aficiones: la lectura y la escritura. En 2008 edita su primera novela, El velo negro, vendiendo íntegramente su edición.
Esta es su segunda novela, pero no la última. Actualmente trabaja en su tercera obra, Las costuras del alma, y un nuevo título para el que se está documentando ronda ya por su mente.
Hoy en día se define como ama de casa y escritora sin descanso.
Los trágicos acontecimientos que le suceden a Clara la obligan a irse a vivir con una abuela de la que hasta ese momento desconocía su existencia; doña Rosario, dueña y señora de centenares de hectáreas de viñedos en las inconfundibles llanuras de La Mancha. Dura y severa como sus cepas, la abuela odia el nombre de su nieta, que no es bien recibida en la finca.
La nueva casa le desvelará a la niña asombrosos secretos y misterios que esconde entre sus paredes. Clara conocerá a una familia nueva y a una criada que se convertirá en su única aliada. Con su infantil inocencia y la ayuda de su difunta madre irá enfrentándose a retos cada vez más difíciles.
El baile de las amapolas aporta una extraordinaria ternura. Sin duda, es una novela que no nos dejará indiferentes.
Los días pasaban lentos, muy lentos. Su vida en la ciudad era tan distinta que adaptarse al campo le venía muy grande. Apenas salía de su alcoba. Se pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo o acurrucada entre las ropas de su cama. No era un comportamiento normal, era una niña. Un día se acercó Teresa a su habitación y cuando la vio acostada con los ojos tristes y mirando el techo sin moverse, se preocupó:
—¡Pero bueno!, una niña de tu edad no puede estar todo el día aquí encerrada. Hace un día de primavera precioso y los columpios del patio sólo quieren estar acompañados por niños. Vosotros, los pequeños sois los únicos que conseguís alzarlos hasta casi tocar las nubes. No es justo que tú estés aquí aburrida y los columpios tristones allí fuera.
—Es que no me atrevo a salir. En cuanto paso de esa puerta me pierdo y luego no sé volver —se excusó Clara.
—Ya le dije señorita que con solo tocar el llamador acudiremos, en cada habitación de esta casa hay uno.
—Teresa ¿Cuando mi madre vivía aquí, la abuela estaba también en esta casa?
(...)