INFORMACIÓN
Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659
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Sergio Hernández nació en 1977 en la provincia de Vizcaya y en la actualidad vive en La Rioja. Es licenciado en Sociología por la Universidad del País Vasco.
Tras su primer libro, Soy un gusano, edita ahora un segundo volumen, Dos cabezas de alfiler; una historia que se enlaza, de manera inevitable, con las vivencias que una vez experimentó Hugo Ramírez Pascal, y que trata de dar forma a una trilogía.
shlopez.pastorlb@gmail.com
Publicado en ¨El Pais semanal¨, nº 1.853, domingo, 01.04.2012.
Claro que es un absurdo el hecho de que un gusano se meta en una cabeza y la modifique a su antojo. Por supuesto que también lo es que una conciencia haya tenido que parar a un diminuto ser, que holgadamente cabría en lo que ocupan dos cabezas de alfiler. No obstante, todo esto, digamos gracias a la mera casualidad, ha tenido que ocurrir. Así pues, la historia de este extraño personaje continúa y, tal y como cuentan las páginas del interior, no todo sucede tal y como uno se lo espera…
Ahora, con el vehículo en movimiento, la columna encorvada hacia adelante y la barbilla junto con su cabeza apenas a unos pocos milímetros de la esfera del volante, sus ojos escudriñaban a duras penas la distancia que quedaba hasta el vehículo de enfrente. La luz tenue, que podía llegar de unos rayos de un sol cansado ya, de su lucha de atravesar unas nubes intensas que habían predominado a lo largo del día, no mejoraba en absoluto la situación.
De repente, otra vez se adivinaban esos malditos faros rojos, mostrando unas luces totalmente borrosas. Ahora, más rápido, el pie izquierdo presionaba el embrague casi al mismo tiempo en que hacía lo mismo el derecho con el freno. La mano diestra, habilidosa, hacía lo propio con la palanca de cambios e inmóvil, la izquierda sujetaba, aburrida, el volante.
Unos veinticinco minutos más tarde Miguel ya se encontraba en el ascensor del edificio. Tras haber aparcado el coche en el garaje, ahora sacaba un teléfono móvil del bolsillo de su pantalón, para mirar la hora; las nueve y veinte. El ascensor se paró en la sexta planta y, al hacerlo, con la rapidez que le permitían unos movimientos mecánicos, Miguel abrió la puerta de éste e introdujo una llave en la cerradura de una puerta situada a unos dos metros a su izquierda. Esta vez entraba en su piso, en su hogar.