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Julia, una leonesa de cincuenta años afincada en Xavia (Alicante) desde los dieciocho, aprovecha un paréntesis en su vida para contarnos algunas de sus grandes experiencias al lado de enfermos crónicos y terminales.
En este libro la autora nos narra con todo detalle los comentarios y reflexiones de algunos de sus pacientes en el momento de partir hacia su viaje final, señalando con nombres y apellidos a quienes han sido sus grandes maestros en la vida. Un libro interesante tanto para los profesionales de la sanidad como para toda persona que sea consciente de que esta vida no es infinita.
La primera persona que vi morir fue a mi suegra. Por aquella época yo era una total ignorante en la materia; lo único que sabía de la muerte era lo que había oído, muy poco; las persona mayores se morían y los jóvenes en muy raras ocasiones. Tal vez irían al cielo si habían sido buenos o al infierno en el caso contrario. Había otro lugar imaginario que se llamaba purgatorio. En el caso de mi suegra, yo pensaba que el purgatorio ya lo había pasado. Su vida –por circunstancias familiares y normas establecidas de la época—ya había sido si no un infierno, sí el purgatorio. No sabía muy bien en qué ocasiones las personas iban allí. Ahora resulta que hace unos días escucho en las noticias que la Iglesia católica dice que el limbo y el purgatorio ya no existen, con lo que la confusión aumenta: las personas que supuestamente tenían que estar allí, ¿dónde están ahora?
Estas preguntas, al igual que otras muchas sobre la religión, me surgen sin demasiado interés en encontrar a alguien que me las conteste, seguramente no me convencería demasiado.
(...)