INFORMACIÓN
Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659
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Rafael del Campo nació en Córdoba. Es abogado y auditor de cuentas. Profesionalmente se dedica al Derecho Tributario, disciplina que enseña en la Universidad. Además de su familia, tiene otras pasiones: la caza, los toros, el campo, la lectura... Todas, en mayor o menor medida, se encuentran en sus relatos.
Cinco relatos breves y tres cuentos más
“…Una historia contada en veinte páginas puede ser algo perfecto, jugoso, tierno o desgarrado en tanto que la misma narración expandida se dispersa perdidas la fuerza y la densidad.
Cuando, como es el caso de Rafael del Campo, además de acertarse en la elección de las historias, se emplea un lenguaje rico, anclado firmemente en el suelo andaluz, surgen estas deliciosas narraciones que deben paladearse sin prisas, volviendo sobre algún párrafo, en un cómodo butacón y manteniendo el libro bajo una luz íntima que recoja el espacio.”
Mariano Aguayo
A través de los visillos de la ventana entraba una luz dulzona que anunciaba un día luminoso y templado. El otoño estaba cursando beneficioso aquel año: las lluvias abundantes dejaban los campos húmedos y esponjosos y luego, ya exhaustas las borrascas, se abrían amplias claridades que se prolongaban durante varias jornadas, y el sol templaba la tierra, y todo discurría con sosiego de acuerdo con los favorables ciclos naturales y, por ello, los olivos estaban recargados de frutos, unas aceitunas gordas y brillantes, como perlas arbóreas y fragrantes.
Fue en esa mañana calmosa y optimista cuando Don Amadeo, hombre cultísimo, maestro nacional, republicano y masón sorbió el café, retorcióse el bigote, tomó la palabra y, dirigiéndose a su hijo, un mozuelo de no más de 8 años, sentenció:
- Hijo mío, tu problema es que eres tonto o, lo que es lo mismo, tienes la inteligencia menguadilla, y claro, si Dios existiera, que no existe, podrías aspirar a ser feliz en el Más Allá; pero como no hay Cielo, sólo te queda ser infeliz en este mundo y luego morirte.
- Sí, padre, asintió el niño con una sonrisa dulce, tenuemente boba.
(...)