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Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 91 50 60 975
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FAUSTINO DÍAZ ejerció como director de empresa durante cuatro décadas. En 1976 escribió un libro eminentemente didáctico: Una vocación, construir casas; dirigido a jóvenes «ganadores». Abordaba en él la actividad inmobiliaria desde una vertiente ética y humanizada. «Hacer casas, hogares, es noble tarea, desvirtuada por muchos de los que se hacen llamar hombres de negocios», se le oye decir frecuentemente.
El alejamiento del mundo empresarial le ha permitido «invertir» todo su tiempo y su torrente de energía en aquellos que realmente lo necesitan (actividad que ya había combinado durante años con sus deberes profesionales): muchachos y muchachas «perdedores», jóvenes sufrientes, marginados, excluidos. Y Faustino no duda al afirmar que la fuerza que le proporciona el contacto con estas personas ilumina el único camino en el que encuentra la paz total.
Don Arturo, un reputado ejecutivo con una vocación: reconstruir personas.
Javier Ordás Vigón, el Furi, yonqui, delincuente caracterizado, y un espíritu que apunta alto: nada menos que a desentrañar el sentido último de la vida.
¿Ficción literaria? ¿Memorias? ¿Tratado espiritual? El lector tiene la palabra. Se trata de una historia de antagónicos, la de Furi y Arturo, que, aunque parezca increíble, es real, sorprendentemente real. La galería de personajes y circunstancias, también.
Dos vidas que provienen de ambientes distantes pero igual de crueles (el de los adictos a las drogas y el de los adictos al poder y al dinero) se entrecruzan para dar aliento a lo mejor que se esconde en las honduras del ser humano: la capacidad de entrega incondicional o, dicho de otra manera, el Amor Genuino.
Clareandoscuro denuncia, al hilo de la narración, sin hacer sangre, el fariseísmo social, el voluntariado flojo e inoperante y, sobre todo, cierta forma de caridad institucionalizada. Al tiempo, exalta lo más noble y profundo del hombre. Al final de la historia un escalofrío recorre la médula... También hay Esperanza.
ENCONTRONAZO
Don Arturo está inquieto. Con la antelación debida fue recreando la situación y argumentando para sí lo que expondría ante el Consejo de Administración, convocado para esa tarde. Imaginó las objeciones que previsiblemente le opondrían, así como sus contrarréplicas.
Se le observa tan nervioso como a los caballos de carrera en la parrilla de salida, a pesar de varias décadas de dura brega frente a capitostes implacables. Cuando hace recuento de la segunda mitad de su vida, le tiemblan los cimientos.
A las constantes tensiones que padece, se añade la angustia vital que le acompaña y que le convierte en uno de esos seres aplicados en la lucha adicional, o prioritaria, ¡quién sabe!, relacionada con la búsqueda anhelante del sentido de la vida.
En este justo momento, ni su holgada situación ni sus recursos psicológicos le permiten sustraerse a uno de los habituales estados corrosivos por los que se ve afectado, y que han llevado al hospital o al cementerio a algunos de sus amigos con responsabilidades parecidas. La ventaja que tienen unos pocos de estos trabajadores de alto riesgo es la de sus saludables costumbres y el hábito de embridar las emociones hasta donde es posible.