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Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 91 50 60 975
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Fernando Bermúdez Cristóbal nació en Tauste, “Perla” de las Cinco Villas de Aragón.
Graduado en Ciencias Sociales por la Universidad de Zaragoza. Estudió Derecho en la UNED, y Metafísica mediante la Universidad de San José (California). Es lector asiduo a la literatura y un melómano de la música clásica. A la temprana edad de los 14 años comenzó a escribir novela corta. Colaborando como articulista en los periódicos Amanecer, El Noticiero y Heraldo de Aragón. E igualmente ayudó a impulsar la revista Bardenas. Más tarde, pasó a llamarse Arada y Cultivo. Escribía con plácet de la época. A los 17 años el periódico Amanecer quiere contratarlo como redactor de dicha prensa. Le halaga la oferta. Fueron momentos singulares en su vida. Rechaza la oferta de Amanecer y también una propuesta de la Editorial Rollán de Madrid. A los 18 años se dedicó al estudio universitario. Dejó atrás un bagaje literario, de veinte novelas cortas, y cientos de artículos como colaborador de los periódicos y revistas comentados. Por circunstancias de trabajo, se ausentó de Tauste en el año 1972. Actualmente reside en Zaragoza. No ha olvidado su inclinación a la escritura, retornado a la literatura con una novela peculiar; Casio de Tahust.
Testamento de D. Alfonso I el Batallador.
“En nombre del bien más grande e incomparable que es Dios. Yo Alfonso, Rey de Aragón, de Pamplona (…) pensando en mi suerte y reflexionando que la naturaleza hace mortales a todos los hombres, me propuse, mientras tuviera vida y salud, distribuir el reino que Dios me concedió y mis posesiones y rentas de la manera más conveniente para después de mi existencia. Por consiguiente temiendo el juicio divino, para la salvación de mi alma y también la de mi padre y mi madre y la de todos mis familiares, hago testamento a Dios, Nuestro Señor Jesucristo y a todos sus santos. Y con buen ánimo y espontánea voluntad ofrezco a Dios, a la Virgen María de Pamplona y a San Salvador de Leyre, el castillo de Estella con toda la villa (…), dono a Santa María de Nájera y a San Millán (…) dono también a San Jaime de Galicia (…), dono también a San Juán de la Peña (…) y también para después de mi muerte dejo como heredero y sucesor mío al Sepulcro del Señor que está en Jerusalén (…) todo esto lo hago para la salvación del alma de mi padre y de mi madre y la remisión de todos mis pecados y para merecer un lugar en la vida eterna..”
– ¿Cómo os ha ido por el Pirineo?
La pregunta provenía de D. Álvaro Enríquez.
– Tiene unos parajes preciosos, excelencia– contestó cauto, Casio al General.
– Acomodaos, Casio. Hemos echado en falta vuestra presencia en Miranda. Principalmente vuestras hermanas Maryam y doña Fátima.
– Agradezco a vuestras mercedes el interés por mi persona.
El de Tahust se sentó en aquel sillón alto de madera repujada de cuero duro. De todo lo enunciado por el militar. Sólo había una verdad completa, y otra a mitad. Su hermana, aunque no de sangre, Maryam, sí lo habría echado en falta y prueba de ello fue el recibimiento que le hizo con su fuerte abrazo y mostrándole sobre la mesa principal la jarra con leche y viandas que al instante devoró, prueba inherente a su hambruna. Fátima se alegró muy recatadamente, alargándole la mano en su papel de primera dama del Rey. ¿Y D. Álvaro? ¿Qué querría D. Álvaro? No tardaría mucho en saberlo. Se habían quedado solos en la estancia. Merodeaba el silencio en el lugar y Casio lo rompió de forma espontánea.
– ¿Qué deseáis de mi, D. Álvaro? Ya sabéis que el “delfín” no puede ni debe ocultar nada a su benefactor– Casio adivinó por la sonrisa del militar y el brillo de sus ojos que el tema del delfín lo conocía D. Álvaro. Estaba seguro que en el tiempo transcurrido desde la llegada al castillo hasta su encuentro con el General, D. Dawud, entre las novedades, le había comentado el encuentro con el Conde Áznar.
– Efectivamente mi apreciado Casio, vos sois mi delfín y sólo nuestro señor el Rey D. Alfonso es el único quien tiene la potestad de quitaros mi tutela. Es mi deseo que el tema quede aclarado y zanjado. Como observo que deseáis ir directamente al grano, como vulgarmente se dice, procuraré con moderación que así se produzca.
– Como vos deseéis, excelencia.
– Nuestra conversación puede ser extensa o no. Todo depende de vos– apuntó el militar.
– Perdonad D. Álvaro, más bien seréis vos quien sostengáis la conversación. Yo me debo a vos y os contestaré a todo que me preguntéis, pues sería una ingenuidad por mi parte intentar deciros cosa en contra, sabiendo que vos la conocéis de antemano, ya que vuestros medios no sólo de conocencia, sino también de información, son infinitamente más amplios que los de este pobre servidor.
– Delfín, Casio. Suena mejor que servidor. No se os olvide. Tal vez en determinados momentos, no tardando mucho tengáis que utilizar dicho vocablo u oírlo de tal suerte que os sirva para preservar vuestra vida. Tened presente lo que os acabo de decir.
– Así lo haré, excelencia.
– Me gustaría oír por vos qué pensáis de D. Dawud y si habéis aprendido algo a su lado. Contadme lo que os plazca del capitán almogávar. Desde su forma de pensar, hasta su ideología de la vida, si la tuviere. En definitiva todas las ocurrencias sobre su persona. Es muy importante para mí. Os ruego no seáis recatado y comentadme hasta lo más nimio. Sé que os habéis hecho muy buenos amigos. Os lo ruego, Casio– la voz de Álvaro Enríquez se había tornado grave.