Bécquer eterno

Coleccion Cultiva

ISBN: 978-84-15534-56-3
Nº Páginas: 214 pags
Género: Narrativa
Formato papel
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Autor/es: 

Carmen Ferreiro-Esteban, gallega de nacimiento, estudió Biología en Santiago de Compostela y Madrid. Después de completar su doctorado, trabajó como investigadora en España y los Estados Unidos, antes de establecerse en Pensilvania como escritora y traductora independiente.
Ha publicado cuatro libros de consulta con Chelsea House y una fantasía realista, Two Moon Princess con Tanglewood Press (2007).

Bécquer eterno, una historia contemporánea en la que Gustavo Adolfo Bécquer y Federico García Lorca son inmortales, relata las aventuras de la autora en busca de un agente literario.

La podéis visitar en su blog, Dare to Read, at:
http://carmenferreiroesteban.wordpress.com/

o en su sitio web:
http://www.carmenferreiroesteban.com/

Título:
Bécquer eterno

Les presento a Becquer.
Es guapo, culto,
y va a conseguirme el contrato que siempre he soñado.
Sí ya sé que es inmortal y vive de sangre humana.
Pero eso ¿qué importa?
Mi relación con él es estrictamente de negocios.
O eso pensaba.
Hasta que Bécquer fue amenazado de muerte,
y descubrí que no podía dejarlo:
porque puso en peligro su vida para proteger a mi hijo,
porque soy la única persona que lo puede salvar ahora,
porque quizás le amo.
Bienvenidos al mundo de Becquer.
Entren, por favor. Les está esperando.

En 1870, cansado de una vida de miseria y desamor, Gustavo Adolfo Bécquer acepta la oferta de la inhumana amante que lo ha perseguido desde niño, y se vuelve inmortal.
Desde entonces, ninguna dama se le ha resistido. Pero su musa, su compañera constante cuando era humano y sufría desengaños amorosos, se muestra esquiva ahora que todas le adoran.
Para mitigar el dolor que la pérdida de su capacidad de escribir le causa, Bécquer se muda a Nueva York en los primeros años del siglo XXI y se convierte en un agente literario de éxito.
La atracción que siente por Carla, una de sus clientes, provocará los celos de Beatriz, su secretaria y antigua amante, y desatará una violenta venganza que amenaza destruir el perfecto mundo de este Bécquer eterno.

Leer un fragmento:

Levanté la cabeza.
—Parece razonable —dije y me detuve, pues mi voz había sonado extraña y sorprendentemente alta. Sólo entonces me di cuenta del silencio absoluto que reinaba en el café y, al mirar a mi alrededor, noté que todas las personas estaban inmóviles, como si fueran actores en una película que alguien había detenido por error.
Bécquer, al parecer inmune al hechizo, me sonrió.
—No te asustes.
—Pero… ¿Por qué…?
Se encogió ligeramente de hombros y, señalando la puerta donde una mujer con un traje ceñido nos miraba con ojos fijos y sin vida, contestó: —Porque Beatriz, mi secretaria personal, nos ha encontrado.
La forma casual de su respuesta que parecía implicar que la imposible situación en el café era algo normal, me hizo estremecer.
—¿Quién eres tú? —le pregunté.
Bécquer levantó las manos, en un gesto de claudicación, y repitió despacio: —Soy Bécquer. Gustavo Adolfo Bécquer.
En sus ojos clavados en los míos leí que no mentía, aunque lo que decía no podía ser verdad.
—A lo mejor me recuerdas de las clases de Literatura —añadió cuando no reaccioné.
—Imposible.
Me levanté tan de repente que la silla se estrelló contra el suelo. Claro que recordaba a Bécquer, al Bécquer histórico, al Bécquer poeta cuyos versos de amor desesperado había memorizado cuando tenía trece años como lo han hecho todas las adolescentes españolas, antes y después de mi tiempo, la primera vez que un chico indiferente les rompe el corazón. Sí, recordaba a Bécquer. Pero Bécquer…
—Bécquer está muerto—dije, y mi voz sonaba más aguda de lo normal—. Murió hace muchos años.
Bécquer asintió con la cabeza.
—En el año mil ochocientos setenta, para ser exactos —La sonrisa que le bailaba en los labios sugería que le había complacido el que yo lo recordase—. Pero, obviamente, no morí. Simplemente dejé de ser humano.
—¿Y qué eres ahora entonces? ¿Un monstruo?
Hizo una mueca como si mis palabras le hubiesen ofendido.
—No soy un monstruo, Carla. No puedo ser un monstruo porque un monstruo es, por definición, una criatura ficticia y yo, como te habrás dado cuenta, estoy vivo. Y si lo dices metafóricamente te puedo asegurar que no soy un diablo. El cambio nos da poderes, pero no altera nuestra verdadera naturaleza. Soy el que era, ni más ni menos. Ni ángel, ni demonio, sino un poco de los dos al mismo tiempo como lo somos todos.
Se había levantado y, mientras hablaba, se me acercó.
Di un paso hacia atrás.
—No me toques.
—Te aseguro que no tienes nada que temer —Levantó la silla que yo había tirado y la puso de pié—. Por favor, siéntate.
Hipnotizada por su mirada y por la completa imposibilidad de su existencia, le obedecí.