Aurelia Aurora Austral

Coleccion Cultiva

ISBN: 978-84-9923-248-5
Nº Páginas: 212 pags
Género: Novela
Formato papel
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Título:
Aurelia Aurora Austral

Aurelia cumple quince años: se miró en el espejo y le pareció que no era la niña de ayer y que su corazón palpitaba barruntando no sé qué.

Cabe que, en medio de la violencia, un corazón infantil pueda alborozarse en la esperanza de un cambio prodigioso que le desvele el misterio de la existencia, el camino hacia el amor, la sabiduría y la felicidad. Para unos, el final de la guerra fue el triunfo de la paz.

Para otros, la derrota y la iniquidad. Para la niña descreída, fue la paz de un Dios partidista, la maldita paz que la había separado para siempre de su primer amor. Aurelia se sintió absolutamente sola, empezando a envejecer.

* * *

Durante la posguerra, en un juzgado militar procesaron a un borracho por injurias al Jefe del Estado. Lo detuvieron en la vía pública cantando una copla obscena que afrentaba a Franco junto a su cuñado Serrano Súñer. De la misma época, es el hecho anónimo de una beata que enloqueció porque el confesor se negó a absolverla.

Aurora Austral recoge ambos sucesos en una persona: la viuda de Nicolás Escobar, que reclama a voces la absolución de sus pecados en la parroquia al tiempo que canta la copla obscena que escuchó a su difunto marido antes de fallecer. Se trata exclusivamente de una ficción que no pretende deducir ninguna valoración histórica, ética o moral de los casos citados.

Leer un fragmento:

Al día siguiente, emprendieron la huida en un destartalado vagón de ferrocarril con viajeros hasta los topes y atiborrado de equipajes. El tren se detenía, con extraña delectación, en todas las estaciones y apeaderos del trayecto. A las paradas reglamentarias se sumaron los ahogos y jadeos de la máquina que a la mitad de cada repecho del trazado de la vía resoplaba con estrépito para recobrar fuerzas y llegar a la cima.

Aurelia logró acomodarse junto a una ventanilla y se distrajo durante breves momentos con el espectáculo del paisaje movedizo que desfilaba ante su mirada. Pero pronto la celeridad de las imágenes la mareó y cerró los ojos con fuerza.

Un mes antes, había cumplido quince años y no pudo celebrarlo porque la ciudad estaba ya humillada, caótica y hambrienta. Esperaba ilusionada la fecha y lo sintió más porque recordaba haber leído en un libro de su padre que la mujer tiene un proceso de crecimiento sentimental precoz y el hombre tardío. A los quince años, él sigue siendo un niño con ínfulas de macho. Ella es ya una mujer que empieza a envejecer. La idea arraigó en su mente y confiaba en que la teoría se cumpliese milagrosamente.

No apagó las velas de la tarta y ni siquiera sus padres la felicitaron, no era tiempo de agasajos, el pánico y los sobresaltos nublan la memoria. Aurelia se miró en el espejo y le pareció que, en efecto, no era la niña de ayer y que su corazón palpitaba de manera distinta barruntando no sé qué.

Aurelia fue educada en la incredulidad por un padre agnóstico y librepensador que, al tiempo, le mostró el “hecho religioso” en un país que se llamaba católico y en el que debía convivir con tolerancia y sin sectarismo. No fue fácil practicar la lección pero la niña se adiestró en la prudencia y en la cautela.

El día en que cumplió los quince años, casi al final de la contienda, salió a preguntar a su mejor amiga si la encontraba diferente y qué cambio advertía en su persona. A medio camino, las sirenas anunciaron una incursión aérea. Cuando las bombas del general Franco ilusionaban a los menos y desalentaban a los más, todos escapaban atemorizados a los refugios. Aurelia corrió al más cercano. La gente se agolpó en el subterráneo. La niña logró escurrirse entre la multitud hasta un extremo del recinto, apoyándose en la pared. Cuando sus ojos se aclimataron a la penumbra, se sintió observada por una mirada atenta y perseverante. Desafió al impertinente, un hombre demacrado con facciones serenas y apacibles. Llevaba la barba crecida y el bigote recortado. El rostro parecía un óvalo perfecto. Era la viva imagen del “Jesucristo” que presidía la “Santa Cena” en una ingenua lámina que Aurelia había visto colgada en muchos hogares humildes y cristianos.

(...)