Andrea, la del pantano

Coleccion Cultiva

ISBN: 978-84-92670-92-5
Nº Páginas: 150 pags
Género: Novela
Formato papel
12,00 euros (IVA incl.)
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Autor/es: 

Fernando Grijalba López (Zaragoza 1958), está vinculado desde la infancia a Villarcayo y Medina de Pomar (Burgos).

Funcionario Público, Jefe de Gabinete en el Ministerio del Interior, Grafólogo y Máster en Grafología por la Escuela de Criminología de Cataluña. Concejal del Ayuntamiento de Miranda de Ebro (1999-2007) y Diputado en la Diputación de Burgos (1999-2003).

Esta es la primera incursión que hace en el mundo literario. Con esta obra inspirada en una leyenda urbana en torno al Pantano de Sobrón (Embalse del Ebro), invita al lector a sumergirse en una apasionante historia de amor, venganza, locura y muerte en el Valle de Tobalina (Burgos).

Título:
Andrea, la del pantano

En Quintana Martín Galíndez (Burgos), hace varios días que una joven huérfana empleada del Casino El Progreso Tobalinés, Andrea Román, está desaparecida. Su único hermano, Guardia Civil y Jefe del Acuartelamiento, ordena suspender la búsqueda cuando, un pescador furtivo, le hace entrega del vestido ensangrentado que ella llevaba el día de su desaparición.

Mientras tanto, Eduardo, rico empresario del café y amante de Andrea, cree ser el único conocedor de ese misterioso suceso, secreto que guardará hasta la muerte.

Leer un fragmento:

Monasterio de Clarisas de San Martín de Don. Conocía por boca del letrado la necesidad de un buen repaso a parte del tejado y algunas estancias de las monjas. Dicha aportación fue muy bien recibida ya que, aunque en el Valle vivían algunas familias influyentes, Don Tomás era hasta el momento un desconocido y no eran muy habituales gestos tan significativos en una época en que el país no se encontraba precisamente en una situación de privilegios económicos. La casa de Quintana Martín Galíndez y las tierras quedaron bajo el encargo del letrado medinés, quien lo confió a una familia trasladada recientemente de Gabanes, ocupándose
de la restauración del palacete y el arriendo de las tierras por cuya labor percibirían un salario envidiable y el permiso para residir en un añadido de la hacienda que Apolinar no llegó a utilizar nunca.

De vuelta en La Pedrera, la rutina fue apoderándose de Tomás mientras Laura se integraba poco a poco con los vecinos de la zona. Villa Laura fue centro de atención ya que desde el regreso de la luna de miel, era frecuente que se dieran fiestas en las que apenas faltaba vecino alguno del pueblo. Aunque no fueran empleados de sus tierras, Tomás ayudaba a todo aquel que lo demandara. Quería sentirse a gusto en la tierra que amaba y que le había visto crecer. Los escasos seiscientos habitantes tenían entre sí una muy buena relación, a pesar de que aún tenían a flor de piel el recuerdo de un penoso conflicto con el vecino pueblo peruano, a finales de 1911, por el interés en la posesión territorial de una amplia zona de la selva del Amazonas.

(...)