Al otro lado del jardín

Coleccion Cultiva

ISBN: 84-607-9923-093-1
Nº Páginas: 134 pags
Género: Relatos
Formato papel
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Autor/es: 

Nacido en Madrid, toda su actividad la ha desarrollado en el ámbito audiovisual. Ha sido guionista, productor y director de cine, televisión y publicidad. Cuenta con dos largometrajes: El elegido y Terca vida premiados en varios festivales de cine y una amplia trayectoria como profesor de Realización audiovisual en la Universidad Complutense de Madrid. Con Al otro lado del jardín, su primera incursión literaria, nos muestra su capacidad y sensibilidad para seguir contando historias cercanas, ya sea con la imagen o la palabra.

Título:
Al otro lado del jardín

Al otro lado del jardín nos ofrece un microcosmos imaginario donde niños, objetos, hombres y mujeres nos cuentan las situaciones cotidianas o prodigiosas que marcaron sus vidas. Un hombre se enamora de una misteriosa mujer que descubre al otro lado del jardín. Una mujer asiste inquieta a la cárcel para un “bis a bis” con su pareja. Un bache reivindica su derecho al honor. Un viejo profesor evoca su amor por una adolescente mientras espera la muerte. Un niño intenta convivir con su extremada gordura. Un hombre vuelve a su casa con la maleta de una desconocida. Una tortilla de patata provoca la ruptura de una pareja. Un hombre mata sin esfuerzo alguno a su mujer. Un calcetín nos cuenta las consecuencias de no tener pareja. El alma de una joven queda encarcelada en la acera donde cayó muerta. Estas son algunas de las historias que nos invitan a recorrer caminos imaginarios repletos de luces y sombras, trazados con pinceladas de amor y desamor, de ilusión y desencanto. Voces que nos muestran los diferentes perfiles de nuestra existencia.

Leer un fragmento:

Todo empezó a mediados del verano. Una noche salí a la terraza a fumarme un cigarrillo, me apoyé en la barandilla y vi al otro lado del jardín, justo en el balcón de enfrente, a una mujer que también fumaba. Era la primera vez que la veía y me demoré observándola. Por pudor, desvié la mirada a las ventanas de los otros edificios. Sólo alguna permanecía abierta y dejaba escapar la fluorescencia de la pantalla del televisor. Me distraje viendo los insectos que flotaban alrededor de la luz de las farolas, y me fijé en los columpios y en los balancines y en los bancos: solos, quietos, varados en la arena, y observé cómo el leve vaivén de las ramas de los chopos mecía las sombras; y me llegó el rumor de los aspersores y el tintinear del agua sobre las plantas y el ruido de los pocos coches que a esas horas pasaban por la avenida cercana y, dependiendo de donde viniera el viento, percibía la fragancia del jazmín, los rosales o las adelfas, excitados por las gotas de agua que los alcanzaban. Y volví a los balcones de los cuatro bloques que rodean el jardín; todos vacíos, excepto el de aquella mujer que sospeché permanecía observándome, y no pude evitar fijarme de nuevo en ella. Poco después, y de manera inesperada, me removió el eco lejano de una sirena de policía; luego, el canto de un grillo que parecía demandar mi interés y a continuación los confusos y lejanos diálogos de algún televisor, y otra vez aquella mujer misteriosa. La oscuridad sólo me dejaba adivinar algunos rasgos de su figura, y mi imaginación me decía que era joven y bella y su pelo largo y acaso rubio o castaño, y su blusa blanca o beige; y ella me miraba y yo presentía que también deseaba adivinarme... Y de repente todo se paró. Un hombre salió y se le acercó por la espalda, la susurró algo al oído y la besó en la mejilla. Luego volvió al interior. Ella exhaló una bocanada de humo, apagó su cigarrillo, y me miró, o al menos eso pensé. Entró en su casa, corrió las cortinas del salón y me quedé mirando sin saber qué miraba. Un momento después la luz de su dormitorio se encendió y los visillos insinuaron el interior, y allí surgió, durante un instante, su cuerpo desnudo… Luego la luz se apagó.

El descubrimiento de aquella mujer me turbó más de lo que en ese momento pude imaginar, y esa noche apenas dormí.

Al día siguiente a la misma hora volví a la terraza a fumar un cigarrillo con la vaga esperanza de encontrarla, y allí estaba; sola, fumando y, según deduje por la posición de su cuerpo, mirándome sin disimulo. El mortecino resplandor de su pitillo indicaba la cadencia de sus inhalaciones; parecía tranquila, quizá triste -no sé por qué pensé entonces aquello-. Di una calada en respuesta a la suya, y acompasé mi ritmo intentando establecer en la oscuridad un diálogo con las brasas de nuestros cigarrillos. Luego todo sucedió de igual modo: apareció el hombre y la besó, y ella apagó su pitillo y se fue tras él. Después, a través de la ventana, vi de nuevo su cuerpo desnudo, y la luz se apagó, y yo permanecí imaginando cómo sería su piel.

Los encuentros se repetían. A la misma hora y en el mismo lugar la buscaba en la penumbra e intuía en la distancia que nuestras respiraciones se acompasaban, y que los sueños de uno y los deseos del otro coincidían. Aquella mujer, de quien ignoraba su nombre, se había convertido en mi gran fantasía, y cada noche modelaba a golpes de imaginación su cuerpo y su ser y construía una y otra historia de amor; espejismos de románticas huidas, realidades imposibles, inalcanzables vivencias... Sólo aquellos momentos nos pertenecían; ni el anterior, ni el siguiente. Después cada uno regresaba a su realidad, a sus afectos, a su vida; ella era de otro hombre y yo de otra mujer… Y su cuerpo desnudo volvía a pasar ante la ventana, y al verla mi interior se agitaba y el deseo me invadía, y el jardín, silencioso, se hacía cómplice de mi traición, y se burlaba sabiendo de la imposibilidad de mi adúltero anhelo. Todo se reducía a una ilusión: un hombre y una mujer solos, uno frente al otro, retándose más allá de la media noche y deseándose de manera voluptuosa y apasionada, exhalando sus deseos ocultos en bocanadas de humo. Mientras tanto el barrio dormía y el jardín se mostraba solemne y misterioso, y los árboles se hacían más altos y las sombras más enigmáticas, y los perfumes más intensos… Y, sin saber cómo, su cuerpo desnudo surgió ante mí. Y nos abrazamos y besé sus ojos y saboreé sus labios y acaricié la suavidad de sus pechos, y sentí cómo su cuerpo se estremecía cuando le hacía el amor..., y rodamos por el jardín y reímos, y lloramos…, y volvimos a hacer el amor. Esa noche, sin duda, debí de soñar.

 

(...)