LAS FUENTES DEL DELIRIO
LAS
LENGUAS DE FUEGO
De vez en cuando nos viene una intrepidez. Nos volvemos
valientes, osados, nos atrevemos a decir lo que no es conveniente, lo
que en otros momentos no sabemos muy bien como expresar. Exclamamos
como la niña de Andersen que el rey estaba desnudo y encontramos
una forma de decirlo. Porque el propio lenguaje nos acorrala. Hay ejércitos
de personas empeñadas en desinfectarlo, en desvirtuarlo, en quitarle
toda su capacidad expresiva. Tiene que ser bien educado, doméstico
y regulado. Nadie puede decir una palabra más alta que otra.
Nadie puede decir nada que no esté en los cánones. Y usar
todos los eufemismos ordenados. Que no sea correcto. Lamentable palabra.
Pero se produce el Pentecostés de cuando en
cuando. Las lenguas de fuego se posan sobre nosotros. Y no solo somos
capaces de escribir un poema, sino de ir a ver a alguien, de decirle
a alguien que lo amamos. El espíritu se manifiesta en nosotros
y nuevamente somos espíritu. Ya no somos solo una máquina
de emitir frases correctas. Podemos decir también lo incorrecto
si alguien lo necesita.
Nos viene una sabiduría que considerábamos
imposible, una capacidad prodigiosa de decir las cosas y de hacerlas.
De pronto descubrimos todos los resortes del lenguaje. Hay un fuego
extraño que nos enciende y nos ilumina. Toda la torpeza en la
que estábamos enclaustrados de pronto se ve superada.
Y el mundo siempre necesita la incorrección,
la pasión. Y tenemos en ocasiones el ánimo para decirlo.
La gente acepta esta palabra, pero no la de ánima, que es equivalente.
O la de alma, que es lo mismo. Los antiedipos dijeron hace un tiempo
que el mundo no necesita más alma, que esa es una afirmación
represiva. Pero yo afirmo que sin alma tampoco existen los cuerpos,
solo los cadáveres. Los cuerpos son gloriosos cuando están
vivos, es decir, cuando tienen ánima. Y los ángeles son
liberadores. Los ángeles locos que fornican en las terrazas,
eso sí. Los ángeles de William Blake o los de Jack Kerouack.
Y siempre los de Rilke.
Y entonces no hace falta que nos volvamos apóstoles
de una doctrina, ni que aprendamos lenguas. Solo hace falta que nos
volvamos apóstoles de la vida, y que aprendamos la lengua del
mundo. La lengua de los pájaros, que decía Fulcanelli,
la lengua de la vida, que es la que quieren seguir hondamente los alquimistas.
Esos seres que nos creemos ingenuamente (porque no conocemos el lenguaje
simbólico) que buscan oro en el sentido literal de la palabra,
pero buscan el espíritu del mundo.
Pero en esos momentos desde el espíritu del
mundo se posan las lenguas de fuego en nosotros y de pronto sabemos.
Antonio Costa
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