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EL
TAMARINDO
LAS OCAS
Una vez, en la estepa de Hungría, presencié
un hecho extraordinario. Me dirigía hacia Debrecén, cerca
ya de Rusia, en coche, con una mujer. Por el camino veíamos churrasquerías,
con la imagen de un caballo como enseña, como las que imaginaba
que habría en la pampa. También numerosas granjas aisladas
con pequeñas lagunas y bandadas innumerables de ocas, que le
daban una blancura agitada al paisaje. Pero a partir de cierto lugar
empezamos a ver una infinidad de ocas muertas en posturas retorcidas.
Cubrían casi toda la llanura hasta el horizonte.
Nos preguntamos qué podría ocurrir. Hasta
que al llegar a una granja encontramos a un montón de ocas de
dos en dos haciendo el amor furiosamente. Enroscaban sus cuellos con
obsesión, frotaban sus plumajes de un modo desesperado, enganchaban
sus patas y emitían sonidos escandalosos. Nunca había
presenciado una locura así. Los granjeros probablemente se habían
ido asustados. Al cabo de un tiempo de frenesí, en que las ocas
parecían buscarse por todos los rincones del cuerpo, sufrían
unas contracciones aterradoras y se morían. Así el campo
iba quedando cubierto por sus cadáveres. ¿Cómo
podía haberse producido aquello? Nunca fui zoólogo ni
pretendí conocer los secretos de la vida. Algunas encinas solitarias
parecían sobrecogidas por el espectáculo. Llegamos a otra
granja y ocurrió lo mismo, y sucedía también en
mitad de las praderas. Las lagunas estaban llenas de ocas ahogadas en
posiciones espasmódicas. Estábamos fascinados por aquel
espectáculo y conducíamos lentamente para no marcharnos
de allí. ¿Cómo era posible que no llegase alguien?
Pero aquello nos excitaba tanto que tuvimos que detenernos
y nos pusimos a hacer el amor, completamente desnudos, en un pajar.
Cientos de ocas lo hacían también chillando a nuestro
alrededor. Ellas nos contagiaban su exasperación, y yo sentía
como si mi acompañante tuviera plumas, como si quisiese arrancarle
todos los infinitos de la piel. Una borrachera de blancura se nos metía
en los ojos. Tuvimos un orgasmo en el que chillamos como seres primitivos,
y las ocas iban cayendo muertas en torno a nosotros. Después,
muertos de miedo y fascinación, subimos al coche medio desnudos,
y lo pusimos a toda velocidad. Sabía que el sexo estaba cerca
de la muerte, pero nunca lo había visto tan de cerca. Teníamos
miedo de morir.
Antonio Costa
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