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LA SEDA Y LA NIEBLA
LA
DECISION
Le pedí que viniera a verme a Compostela. Ella
no lo negaba, pero afirmaba que era difícil. No decía
por qué, se mostraba evasiva en todo, pero se adivinaba que era
porque estaba casada. Tendría que buscar una historia. Pero al
expresar la dificultad lo dejaba en el aire, con puntos suspensivos.
Su forma de hablar era de una insistencia difusa. Como un carmín
que se extiende por una superficie y casi no se aprecia, pero que la
enciende toda.
Yo seguía insistiendo. Trataba de suscitar tesoros
para ella, de inventar situaciones. Nuestro encuentro sería maravilloso.
Mi habitación se convertiría en un ámbito mirífico,
tendría perfumes insólitos para ella. Le presentaría
a mis monstruos encantados, le traería corales del fondo. “Mi
habitación se transforma, se pone a temblar, si tú vienes.
Y fabricaré un vino prodigioso que encenderá los instantes”.
Le decía: “Ven, tendré una habitación para
ti donde colocaré a genios para atenderte. Y no ocurrirá
nada que tú no quieras”.En otra conversación me dijo que tenía
un problema económico. Me ofrecí a pagarle el avión,
sin ningún problema. Estaba tan entusiasmado que haría
cualquier esfuerzo. No era capaz de imaginar, pero sí de desear
(tal vez ni siquiera desear) a esa mujer en mi cuarto. En cada ocasión
que hablábamos su voz sublimaba la situación, la ponía
a más altura que la realidad.Había un proceso incontrolable por el que yo
mismo me enaltecía. Me convertía en alguien más
poético, más sugerente. No tenía miedo de decepcionar,
era como si brotaran en mí cualidades que ni yo mismo sospechaba.
Tal vez de verdad era capaz de ser un genio para ella.La posibilidad estaba en el aire. Era como si una luz
tras la cortina alumbrase tímidamente mi alfombra. En épocas
como ésa el tiempo se deja ir de un modo que apenas percibimos,
con algo de disparatado. Como si nos hubiésemos vuelto ciegos.Decía: “No sé...” Y la frase
se alargaba en sabores, en sonoridades. “Me gustaría mucho”.
Y yo empezaba a co-nocer su pasión susurrante.Por fin en una ocasión al mediodía, cuando
yo volvía de dar clases, encontré un mensaje de ella.
Se la escuchaba con agitación, hablando desde un teléfono
público. Como alguien que ha dado un paso rompiendo los obstáculos.
Me decía que llegaría en las vísperas del puente
de la Constitución.
Le mandé el dinero para el avión. y hablamos
otra vez por la noche, con un reborde de sabor en nuestras frases. Era
como si su voz se entreabriese.
Antonio Costa
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