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LA SEDA Y LA NIEBLA

 

LA CARTA

La vi en un banco de las Ramblas al anochecer. Casi no la distinguía pero me pareció fascinante. Saqué un poema del bolsillo trasero del pantalón y se lo di. Debajo estaba mi dirección. Me tenía que ir a los cinco minutos.

Dentro de mí se escondían monstruos verdes, tiburones que leían a Proust, amapolas borrachas. Era en septiembre de l996. Yo vivía en Compostela. Poco después me llegó una carta con las letras largas e inclinadas, de redacción algo torpe. Me decía que le gustaba mucho la poesía y que le encantaba mi texto. No me decía nada sobre ella, ni siquiera su nombre. Me indicaba que estaba casada.Ese dato me desanimó y no contesté. Al cabo de unos días me llegó otra. Me conminaba a que no tuviera prejuicios porque estuviera casada. Podíamos comunicarnos igual. Seguía permaneciendo en la niebla, no concretaba nada. Seguía sin decir su nombre.Le escribí y le dije: “Cuéntame algo. Dónde estás, cómo es el lugar desde donde me escribes, a qué te dedicas. Qué haces durante el día. Dime al menos como te llamas”.Me contestó y describía un lugar solitario, con libros y música. Estaba ella sola, nadie entraba allí. Tenía poca luz. Se llamaba Lima. Tenia errores en las palabras y no las dominaba bien. Se notaba a alguien difuso y enigmático. Pero con una cierta intensidad. Le di mi teléfono, le dije que me llamara. No tenía mucha confianza en que lo hiciera.
Yo vivía solo en un piso bastante grande, en la zona vieja de Compostela. Por las mañanas trabajaba como profesor de Literatura en el instituto de un pueblo. Por las tardes leía, trataba de escribir, escuchaba sin fin los mismos discos de Leonard Cohen o de Lorena McKennit. Divagaba , recordaba de modo obsesivo cosas del pasado, alucinaba con mis estados de ánimo contradictorios o apocalípticos que trastornaban los espacios. En las paredes tenía pósters de Jacqueline Bisset, unos rostros sin cejas de ojos redondos que traje de Polonia, una reproducción de “El mundo de Cristina”. Esta chica tendida a solas en la pradera mirando su casa a lo lejos. A lo mejor yo también estaba así de algún modo. Siempre me ha atraído ese cuadro. A veces venía a verme un tipo católico al que conocí en el bar donde desayunaba. Creía que todas las mujeres eran unas guarras y querían pervertirlo. El se reservaba para una aristócrata y estudiaba Derecho desde hacía veinte años. Me había comprado una televisión, que vendería unos meses después, y los viernes miraba la película pornográfica de la cadena local. A menudo venía a verla un muchacho de la facultad de Historia, que se estaba destrozando a base de pajas y no era capaz de estudiar.

Ponía a Chopin durante horas y me dedicaba a contemplar qué aspectos toma el tiempo, qué sentidos misteriosos tenía mi pasado. O me aburría de una forma épica, que lo anulaba todo, hacía que nada tuviese interés. Me pasaba horas sin ganas de hacer nada, porque nada valía la pena. Casi todos los días iba a los multicines del complejo Area Central y admiraba a una muchacha de pelo corto que atendía en taquilla.

 


Antonio Costa

 

 
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