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EL TAMARINDO

 

El PAÑUELO

En aquel país, hace varios siglos, los hombres y las mujeres apenas se veían. Solo se contaban cosas acerca de ellas, se imaginaban, y se pronunciaban sus nombres. Cuando se casaban, o cuando tenían relaciones clandestinas, los hombres las encontraban en la oscuridad,o entre la espesura de farolillos rojizos, o conversaban con ellas a través de un biombo. Muy a menudo las relaciones consistían en enviarse cartas, o regalarse objetos simbólicos, a través de intermediarios que usaban a otros intermediarios. Nunca se sabía de verdad si la mujer existía. Pero los intermediarios cobraban por sus servicios. El anciano San, calígrafo de una administración de provincias, oyó hablar de una mujer que se llamaba "El reflejo de la hoja de sauce en el agua". Inmediatamente se enamoró de ella.

Durante un tiempo se limitó a pensar en ella y a saborear las sugerencias de su nombre. Pero después sintió deseos de que ella supiese de su existencia. Después de mucho preguntar, encontró a un hombre que conocía a otro hombre que podría ponerse en contacto con un primo de "El reflejo de la hoja de sauce en el agua". Entonces le envió un pañuelo hecho con hilos de la flor del cipeno, y añadió una nota que comenzaba:"No sé si querréis poner vuestra atención en mí. Me llamo simplemente San". Pasaron muchos meses hasta que llegó una respuesta:"He pasado el pañuelo por mis ojos". San sintió una felicidad insólita. Los trazos de su caligrafía cobraron un diseño feliz. Al cabo de unos días volvió a enviar el pañuelo, con otra nota.

Esta vez la respuesta tardó años en llegar. San se solazaba imaginando el pañuelo en los ojos de la dama, y releyendo innumerables veces,succionando cada palabra,el mensaje de ella. Ahora la respuesta decía:"He pasado el pañuelo por mi cuello". San sintió una conmoción tremenda y casi no pudo respirar. Los que estaban a su lado se atemorizaron. Pero luego lo vieron tan flexible, tan impregnado de vida, y que realizaba casi sin darse cuenta letras prodigiosas,que se tranquilizaron. San envió el pañuelo por tercera vez, con otra nota. En esta ocasión tuvo que esperar cinco años la respuesta. Llegó una cajita, con el pañuelo, y una nota que decía:"He puesto el pañuelo en mi sexo". San empezó a temblar y sufrió un ataque al corazón. Cuando lo amortajaron encontraron un sudor que producía perfume.




Antonio Costa


 

 
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