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LAS FUENTES DEL DELIRIO

 

El DELIRIO

La gente cree casi siempre que el delirio es lo disparatado y lo sin sentido. Lo serio y sabio es lo que dice la razón. Sin embargo, la gente delira cuando se va a morir, cuando no tiene ningún motivo para falsear las cosas. Es entonces cuando se muestra más auténtica, cuando no controla su discurso y no se pliega a ideologías, que son lo que más falsea la realidad.

La razón nos da unas leyes para nuestro discurso. ¿Pero son esas leyes las que rigen la vida? Tantas veces el lenguaje tiene que hacerse insensato, romper sus propias reglas para dar cuenta de verdad de la vida. Esto lo han visto los poetas, pero también muchas sabidurías. La sabiduría del hombre es locura para Dios, dice el Evangelio. Los sufíes hablan de “la sabiduría de los idiotas”. Los actos fallidos, nos dice Freud, son los que de verdad muestran nuestro inconsciente.

El delirio es el discurso sin reglas, sin normas, en libertad. Y es muy posible que se acerque mucho más a las paradojas y los contrasentidos de la vida. Ningún esquema, ninguna teoría, ninguna doctrina, puede dar cuenta de la riqueza infinita de la vida. Todo lo que hemos dicho después de miles de años de civilización, dice Rilke, no son más que fruslerías. La vida nos desmiente continuamente. Debemos descartar continuamente lo que creemos que conocemos, el conocer no es más que un conjunto de fórmulas que fijan la realidad cambiante, dice Krishnamurti. Cuando crees que conoces solo tienes unos cuantos prejuicios, te niegas a ver lo que la vida te muestra. Hay que desaprender continuamente.

Los sueños son delirios, pero ya hace tiempo que sabemos, desde antes de Freud, incluso desde antes de los románticos, que expresan sin censuras, sin simplificaciones, todas las ambigüedades de nuestro interior. Lo que uno no se atreve a decirse lo dicen sus sueños. Y no es solo porque su contenido esté censurado, como quiere Freud, sino tal vez como quiere Jung, porque en realidad no puede expresarse. El lenguaje no es suficiente. Y para que el lenguaje pueda acceder a la vida tiene que volverse loco, como en los poetas y los místicos, tiene que llenarse de antítesis y de oxímoron.

Hace mucho tiempo, casi desde mi infancia, estoy interesado por la idea del delirio. En principio ejemplifiqué sus valores en el cine de Gonzalo Suárez o en el lirismo de Albert Camus. Los surrealistas son los delirantes por excelencia y antes lo fueron los románticos. Todos los grandes poetas, sobre todo los que se consideran malditos porque rompen las certidumbres confortables del sistema, como Georg Trak o Alejandra Pizarnik, han sido delirantes. Y nadie ha delirado mejor que Dylan Thomas. En pintura ¿quién ha delirado mejor que van Gogh o Emil Nolde? Y todos ellos son mártires, testigos de la vida inabarcable, del misterio que se esconde en el centro del mundo.

Pero toda literatura genuina, me atrevería a decir, es delirio y es sueño. ¿Cuántos personajes de novela no dicen lo que su autor no podría decir directamente en la sociedad en que vive? ¿Cuántos bufones no han dicho grandes cosas precisamente por eso, por ser bufones, y porque se les deja libertad para decir lo que quieran? ¿Y la sabiduría que se atribuye a los niños? Todos los cuentos, todas las buenas historias, están llenos de íntimas revelaciones. Y no es porque sean lógicos, como decían Chesterton, sino precisamente porque se saltan la lógica. La lógica solo expresa los prejuicios de una época y es discutible. Se ve claramente en los cambios de paradigmas científicos, y como por ejemplo la física cuántica puede afirmar las mayores locuras.

Autores como Sade o Rimbaud, y en gran parte Bataille, han escrito como si fueran a morirse. Y así deberíamos escribir todos, al menos en algún momento. Bataille también es el que aporta la noción de lo sagrado como el derroche, lo que no es útil, el exceso. Lo sagrado y la fiesta tienen mucho en común. Y por tanto, porque se salen de las normas, porque no encajan en la rutina, se asoman al infinito y al misterio. También Pasolini aludía al sentido de lo sagrado y a que la burguesía lo había perdido. Y es que si perdemos el sentido de lo sagrado perdemos el delirio.

La ciencia ha demostrado ser útil, y la seguiremos necesitando durante mucho tiempo, igual que necesitamos de los esquemas en la enseñanza. Pero así como es útil un abrelatas, nadie lo niega, y no obstante no afirmamos que el abrelatas sea el paradigma de todo y que no haya nada fuera de él. Y también sabemos que los esquemas que ponemos en la enseñanza no pueden sustituir a la cultura que esquematizan.

Delirar, en realidad, es remitirse al origen, dejarse llevar por el origen, sin encerrarse en esquemas o prejuicios, ya sean lógicos o doctrinales, sin preguntar si lo consideramos verosímil o presentable. Por eso el delirio consiste en orginalidad. Y originalidad significa remitirse al origen, es decir, ser auténtico. Cuando alguien empieza a decir todo lo que estaba prohibido, lo que se considera inconveniente o de mala educación, o lo que se ha metido debajo de la alfombra porque molesta, o lo que está en la periferia de nuestra visión porque nuestras gafas no lo encierran, está delirando. Y me parece que delirar es muy saludable y muy necesario. A no ser que deseemos convertirnos en robots. Y sustituir la realidad por nuestros modelos.

Dicho esto, hay que aclarar que delirar tampoco es decir cosas disparatadas sin más. Al contrario, el delirio tiene el mayor rigor del mundo, el único válido, que consiste en manifestar lo necesario, lo que sale de dentro, sin tapujos. No tiene el falso rigor de aplicar unas reglas, sino el rigor de seguir la vida.


Antonio Costa

 
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