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EL
TAMARINDO
EL CAPITAN
El capitán Trueno se encontraba en un hospedaje
de Escocia. Tenía ya unos setenta años y había
mandado llamar a su novia Sigrid que vivía en las Orcadas. La
esperaba tomando cerveza en la taberna. Su rostro estaba arrugado y
los ojos taladrados por la nostalgia. Estaba aquejado de reumatismo
y tenía artrosis en las manos. Hacia el anochecer llegó
ella, acompañada por un amigo. Estuvieron hablando durante horas.
Es una pena que nunca nos han dibujado amándonos,dijo él,
o siquiera besándonos. Yo siempre estaba salvándote, o
peleando lejos de ti y recordándote. Pero he pensado que podíamos
intentar contactar de verdad antes de morirnos. Me encantaría
contemplar tu cuerpo desnudo, y tratar de llegar a ti, con mis manos
atentas. Mi cuerpo está arrugado ahora, dijo ella, y mis pechos
se caen. Sí, es una pena que el dibujante no nos dejara siquiera
besarnos. He sentido tanta nostalgia de eso. Subieron a la habitación y ella, ante la insistencia
de él, se quitó las ropas. Todo está muy estropeado,
dijo. El capitán contempló sus pechos tristes y arrugados,
su vientre con estrías, y los hombros tal vez hermosos pero resecos.
Quedaban huellas de una belleza legendaria en la distancia. Lo que importa
es mi voluntad, dijo ella tomando su mano, y mirándolo enjundiosamente.
Este ser que te ha querido y te ha añorado durante tantos años.
El se quitó la ropa también y revolvió los cabellos
pajizos de ella. Pero tu voluntad resuena aquí en este cuerpo,
en estos pechos, en esta nuca, en este flanco, y solo tocando aquí,
calladamente, puedo llegar hasta ella. No sabes como he anhelado poder
verte dormir, escuchar como respiras, mirar el abandono de tus caderas,
que te esconden a ti, como si fueran el muro en que puedo llamarte,
como si fueran la ventana por la que puedo invadirte.
Ella se tendió en el lecho boca abajo, con el
cabello desparramado, y se dejó estar en silencio, sin esperar
nada. Una especie de belleza anómala, sorda, se instaló
en sus huesos. Tenía mucho vello en el pubis y se extendía
entre las nalgas. El capitán depositó la mano en ellas.
Como si ya no confiara en que sus manos pudieran transmitir nada, pero
puestas ahí a ciegas, con buena intención. Entonces ella
contrajo un poco los muslos. Fue un gesto automático, antiguo,
y entonces él sintió que su Sigrid de antes, la que hablaba
con él junto a las olas,estaba otra vez allí,agazapada
en sus miembros rotos.
Antonio Costa
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