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Begoña Echeandia




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  Begoña Echeandia                                      
                    Desde la placidez de mi hogar


AUTORA: Begoña Echeandia

Begoña Echeandía es licenciada en Psicología y Sociología por la Universidad de Deusto, Bilbao (España) y realizó estudios de post-grado en Londres y Bélgica. Es Miembro Senior de la Sociedad Española de Coaching y miembro Especial de la Sociedad Española de Análisis Transaccional.

Trabaja con importantes empresas como consultora de procesos en el desarrollo estratégico de los recursos humanos.

El libro que ahora publica Desde la placidez de mi hogar es su primera incursión editorial en temas relacionados con la vida emocional o la realización personal.

TÍTULO: Desde la placidez de mi hogar

Me sirvo de dos metáforas; la persona-casa y la persona-hogar, para desde las diferencias entre ambas, demostrar que poner atención y cuidar de la casa es siempre una buena inversión. Por otra parte, aprender a desaprender algunas de las maneras de ser persona-casa para transformase en persona-hogar, resulta muy interesante si se desea vivir con calidad y calidez.
Si la persona-casa es mi tarea con el compromiso de cuidado, la persona-hogar es mi meta, mi placidez. Ese intangible y anhelado vacio que nos devuelve a la eternidad, quien a modo de Buda silencioso, nos acoja y asegure el descanso y la intimidad; la conversación y, en definitiva, el encuentro con otros hogares
.

LEER UN FRAGMENTO:

La cocina

Casas, grandes o pequeñas, apartamentos, estudios, etc., en todas ellas, la cocina es el espacio esencial. Se podría decir que es lugar donde casi todo el mundo se siente cómodo. En ella se realiza el misterio de la transformación de los alimentos, para volveros alquimistas en la búsqueda de los mejores sabores y ser capaces de reparar la necesidad humana, tanto de nutrirse como de gozar.

En la cocina se trata lo vital: la materia prima. Y se hace con intimidad y de manera auténtica, mezclando alimentos, amores y humores personales que luego se muestran y obsequian en el comedor.

Tengo que reconocer, que la cocina es un lugar donde es muy difícil no ser consciente de las oportunidades para crear nuevas formas de regeneración, vitalización y gozo. ¡Particularmente, en la cocina, me encuentro a mis anchas! Y casi siempre soy bien acogida. Ya sé que no es tanto por mí misma, como por la apertura mental y las ganas de aventura con que casi todas las personas se acercan a la cocina con un objetivo claro: que las cosas salgan bien.

Aquí si que las personas-hogar se lo pasan de lo lindo. Las cocciones mentales y “de puchero” que les gusta hacer, suelen ser lentas e intuitivas y plenas de sabor. Por otra parte, las personas-casa no paran mucho tiempo por las cocinas. Ellas tienen un objetivo: ganar tiempo para hacer otras cosas, como por ejemplo, leer, escuchar música, jugar con el perro. Curiosamente, suelen ser grandes organizadoras de la despensa. Porque en el fondo, ambas, las unas y las otras, conocen perfectamente los secretos de los aromas, de las materias primas y les encanta innovar e identificar los mejores nuevos productos con que sorprender el gusto más convencional.

La Cocina es también el lugar para almacenar utensilios necesarios para la transformación de las materias primas y guardar todo tipo de provisiones: sal, aceite, vinagre, especies, como las constantes vitales en todo proceso de transformación. Asegurándose, de ese modo, las mil y una sensaciones que ofrecen. Unas biológicamente reparadoras; otras, plenas de armonías, como por ejemplo él “por por” de la cocción, y otras, encargadas de elevaros con sus vapores y aromas que a modo de duendecillos van surgiendo de las ollas, para anunciaros las experiencias deliciosas que os aguardan.

Por algo, ya de niñas, seguro que habéis jugado a “cocinitas”. Y desde esa visualización de los papeles del futuro, habréis hecho de aprendices de alquimistas. En no pocas ocasiones he sido testigo de los juegos de muchas niñas y niños “practicando sus respectivos futuros”, en sus casitas fantaseadas en los parques. Casitas mucho más grandes que sus pequeños tamaños y que habitualmente se encontraban al aire libre entre árboles, donde los muebles eran propios y, como en las casas más modernas de vuestros días, también se podían transformar. Aquellos bancos del parque tan pronto eran “mesas de cocina” como “castillos” donde refugiarse y salvarse de perseguidores: otras niñas que “pasaban” el poder para quemar y paralizar.

En aquellas casas, en las que las cocinas, la luz y el aire estaban garantizados e incluso cuando se construían con portales amplios y luminosos, con escaleras enceradas o de piedra, que ocupaban con sus cacharritos, en la seguridad de que los vecinos, sabrían pasar milagrosamente sobre ellos, sin tener que desplazar los utensilios de trabajo infantiles. Quizás por ello ya entonces, aquellos niños intuían que la cocina iba a constituir el lugar donde con más frecuencia podrían vivir con los cinco sentidos.

A mi parecer, la vida en ese “Santa Santorum” cobra todo su color, sabor, olor. Y a través de los alimentos, entregados para su sacrificio; esa materia prima, esa naturaleza viva sabe muy bien que para alcanzar otro nivel de vida, para vivir de otras formas más humanas ha de renunciar a su condición primera: materia prima, y aceptar ser transformada en alimento vital y gozoso para las personas. Haciendo verdad aquello de que: “la recompensa viene después de la renuncia”.

La cocina es también el lugar donde las memorias del pasado penetran por los sentidos, donde se puede volver a percibir intensamente aquellas sensaciones, sabores y olores del pasado. Por ejemplo, aquellos olores dulces que convocaban a mayores y pequeños, en torno a la elaboración de las rosquillas, los polvorones. Recordad y volveréis a ser felices, a sentir el beneficio del permiso de nuestra madre cuando os dejaba un poco de masa para formar las letras de vuestros nombres.

(....)


 
 
 
 
 
 
       
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