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LAS FUENTES DEL DELIRIO

 

LA INSPIRACIÓN

Otra idea de la que todo el mundo se burla modernamente es la de la inspiración. Inspiración es que alguien te sopla las ideas, es como una corriente de aire. Y eso lo hacen los dioses, las musas, o lo que sea. Y claro, como los dioses no existen, entonces la inspiración es una tontería. Según eso todo sería cuestión del trabajo y de la inteligencia. Todo podría fabricarse con la inteligencia y el esfuerzo adecuados. La obra de arte es un producto. Ideas como ésas las suelta ese listillo de Paul Valery y se le hinchan los carrillos de satisfacción. Lo mismo los nuevos criticistas americanos que se burlan de los “gruñidos emotivos”. Cuántas veces el gruñido de un gato tiene más contenido que todas sus disquisiciones vacías. Y lo repiten los “críticos científicos” que se burlan de la crítica subjetiva de Azorín. Pero cuántas veces la subjetividad de Azorín nos ha hecho apreciar un clásico, le ha dado vida a una obra que parecía tan aburrida. Porque solo la subjetividad puede captar otras subjetividades. Y solo un alma puede captar el alma de las obras, que los criticistas niegan. Para ellos es un artefacto, un mecanismo. Y alguien tan inspirado como Poe dice las mismas sandeces en su ensayo “El cuervo”.

Sin embargo esos industriales de la obra de arte, esos fabricantes de artefactos, no escapan al hecho de que un día uno tiene ideas y capacidades y otro día no las tiene por más que despliegue sobre la mesa las herramientas de su inteligencia. Y puede ponerse a trabajar como un forzado sin que le salga una línea, o ponerse a mezclar palabras sin que tengan la más mínima gracia. Y otra vez tenemos que usar el concepto de gracia. Y es que los términos religiosos, aunque los desechemos, tienen una función inevitable.

Entonces es evidente que algo en las profundidades de nuestro ser se abre o se obtura. El secreto de la vida se manifiesta o no, le llamemos musas, o dioses, o lo que queramos. Hay algo misterioso en nosotros que a veces se desboca y se deshace en imágenes. Y nos provoca prodigiosos delirios. Eso sí, delirios. Porque los discursos que solo son artefactos no los provoca la inspiración. Pero la imaginación sale de esos subterráneos, por más que alguna gente ha intentado afirmarlo, nunca obedece a leyes rígidas.

Está claro que los dioses nos hablan muchas veces, aunque neguemos a los dioses, que nos habla el misterio de la vida, las profundidades de nuestra vida, igual que lo hacen sin limitación ninguna nuestros sueños. En sueños siempre estamos inspirados, son el discurso inspirado por excelencia. Pero claro, los dioses no les hablan a los listillos. Hace falta un poco de capacidad de entusiasmo. Y los listillos no la tienen.

Pero la inspiración no funciona solo en el arte. Es esta manía moderna de arrinconar el arte, de ponerlo completamente al margen del resto de la vida. Las sociedades orientales no lo hacen, y las tradicionales tampoco lo hacían. Muchas personas en distintos momentos de su vida están inspiradas. Una persona inspirada puede ser gloriosa o atractiva, puede mover a otros, puede tomar grandes decisiones, puede arrastrar a los demás. A menudo sociedades enteras están inspiradas. Es como si los dioses secretos soltasen su aliento indiscriminadamente. Y las personas inspiradas fascinan pero siempre dan miedo a los inquisidores. A los inquisidores les fastidia toda creación. Incluidos los inquisidores racionalistas.


Antonio Costa

 
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